Fabián Esteban Álvarez Rojas
El Topo vivía con una vaca y su pequeño asno, como en las fabulas. La vaca era su hermana, o su madre, no habría diferencia alguna. El pequeño asno era en cambio, con certeza, su abuelo. De chico el Topo vivía solo, y se lucraba principalmente de la horticultura invertida.
Más adelante apareció la vaca, y posteriormente compró al asno en el mercado. Cinco zanahorias menos. El asno primeramente un animal formidable, hizo veces de hermano menor, y posteriormente se fue degradando hasta llegar a ocupar el lugar del abuelo.
La vaca siempre fue la vaca. Ahora, si el tamaño de las ubres impedía la correcta irrigación de su cerebro, era una idea que el Topo no se permitía, no muy a menudo por lo menos.
La casita del Topo siempre fue una cueva. Hasta que apareció la vaca, y hubo de comprar el asno, claro está que entonces, los tres juntitos marcharon al pueblo y el Topo compró una casa de dos pisos. Treinta zanahorias menos.
Aunque el Topo quería instalarse en el sótano de la casa, por resultar la luz una molestia natural, la vaca insistió en que el Topo tuviera una habitación con vista a la plaza, y un despacho iluminado desde el farol de la trastienda. No sólo insistió, lo consiguió.
En sus mejores años el asno vivió en la segunda planta de la casa, después, cuando ni siquiera una tercera pierna le posibilitó subir o bajar las escaleras, se mudó a un rincón decorado por la vaca para tal efecto, bajo la escalera.
La vaca siempre habitó entre la alacena y el cuarto de costura. Dormía a veces sobre los granos, a veces sobre la maquina, e incluso hubo ocasiones en las que erotizó alternadamente con el asno y el Topo. Nunca al mismo tiempo; la vaca hacía las cosas según el mandato de dios.
En sus ratos de ocio, el Topo apacentaba a sus dos compañeros, el asno sabía leer, y la vaca aprendió a ordeñarse sola; aunque hallaba algún reposo en ello, siempre practicó el auto ordeño con cierto pudor celoso, encerrada en el cuarto de costura.
Pero el Topo estaba lejos de alcanzar la perfección, de hecho la luz lo volvió más ciego, y pronto deseó no tener más consigo ni a la vaca, ni a su abuelo. No ideó plan alguno, pero aguardaba su muerte.
Mientras tanto, el asno se hacía más viejo, y la lectura no supervisada terminó llevándole a creer que se convertía en perro. La vaca consideró pertinente llamar a un médico.
El médico resultó ser un gato, como en las fabulas. Una solución radical, fue su sentencia. Inmediatamente después, el Topo pagó quince zanahorias, y al asno se le cortaron las secciones inferiores de las patas. La justificación, incoherencia entre la esencia y la apariencia de las cosas. Un perro no podía medir más de tres pies.
Cuando el gato se fue, el Topo dejó de vivir con un asno que leía. El abuelo renovado demostró estar lleno de vitalidad, un terrier hermoso y eficiente, que no sólo cumplía las veces de guardián, sino que además era capaz de vivir en una relación simbiótica con la vaca.
La vaca alimentaba al perro, y el perro le curaba la consciencia a la vaca. Nadie extrañó al abuelo. El Topo siguió siendo el mismo hasta el día de su muerte, cincuenta zanahorias más pobre que al iniciar su vida, y teniendo consciencia de que habría sido preferible morir siendo niño, que convivir con un perro abuelo, que fornicaba con su hermana y con su madre indistintamente. |