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Revista
de Literatura Mexicana Contemporánea
Samuel Gordon
Universidad Iberoamericana
Breve atisbo a la poesía mexicana de los años
setenta y ochenta
A
la viva memoria de
Manuel
Ulacia
Algunos
Comentarios Introductorios
A
la hora de efectuar
revisiones historiográficas como la que aquí emprendemos, la crítica
literaria no siempre logra sustraerse de los criterios de análisis
que la han regido desde tiempos decimonónicos.
Prisionera,
cuando no víctima, de las coordenadas y los parámetros cronológicos,
la investigación literaria no ha vacilado en utilizar herramientas
provenientes del ámbito histórico para la extracción y
ordenamiento de los datos respectivos: antologías, generaciones y, cuando se trata del siglo XX,
también manifiestos y revistas literarias.
Es decir: nombres y fechas; casi todo aquello que, mirándolo
bien, parecería accesorio para la cabal comprensión del fenómeno
poético.
Resulta
sorprendente que en una actividad artística, literaria en nuestro
caso, más proclive a leyes de singularidad y extrapolación que a
criterios taxonómicos de carácter generalizador —tan alejados de
las filiaciones que cada escritor crea para establecer sus propias
genealogías en donde instaura a sus ancestros según su imagen y
semejanza—, se decida agrupar a los poetas por generaciones.
Ello
cuando un dominio lingüístico, una corriente o un estilo
determinados, junto a muchos otros tipos de influencias resulten,
sin duda, más significativos en el establecimiento de
correspondencias que debieran ser, ante todo, estéticas y no
temporales. Pero no es
el examen de poéticas de lo que aquí se trata sino, determinar cuáles
son las condiciones generales así como el entorno en que se han
dado estas nuevas promociones.
Comencemos
por señalar algunas de las dificultades más evidentes que implica
el intentar homologar la disparidad de tendencias heterogéneas que
coexisten en las letras en un momento histórico dado e iniciemos
desde el criterio generacional.
La
Generación Literaria
Durante
el último cuarto del siglo XIX, la puntillosa historiografía
literaria alemana, que había comenzado a desarrollar algunos
elementos de la percepción generacional con anterioridad, llegó a
posicionar el concepto de “generación” en el centro de su
interpretación artístico-literaria y del acontecer histórico-cultural
de su tiempo.[1]
El
principio generacional agregaba a la historia literaria una categoría
taxonómica temporal complementaria del habitual ordenamiento
espacial. La
consideración por generaciones facilitaba, aparentemente, el
seguimiento del desarrollo literario y una cierta contextualización
que interrelacionaba los acontecimientos políticos y las corrientes
de pensamiento con los cambios subsecuentes que se registraban en
las sociedades,[2]
algo más funcional y operativo que el mero despliegue secular sobre
bases geográficas o lingüísticas registrado hasta entonces. V. g.
"literatura alemana del siglo XVIII".
Sin
embargo la sucesión de generaciones presentó, desde el inicio, un
problema sociológico que
devino, casi en seguida, histórico-cultural
al abordar el concepto de “interconexión generacional”, mismo
que se conducía a direcciones más amplias y sofisticadas en la
vinculación de las contribuciones científicas y artísticas con el
entorno político. De
aquí, concretamente, comenzaron a desprenderse algunas
ramificaciones literarias del concepto generacional.[3]
Se
planteaba luego el problema de una periodización adecuada que
situara entre coordenadas aritmético-temporales la vaguedad de un
concepto de origen genealógico y resolviera —o amenguara— la
dificultad adicional de la simultánea coexistencia de varias
generaciones. “La
distancia temporal entre las formaciones que llamamos
‘generaciones’ es tan incalculable como la de las otras dos
dimensiones, es decir, la estratificación espacial y la social”.[4]
Sobre
este trasfondo, y a medida que la concepción alemana ganaba adeptos,
José Ortega y Gasset reivindicó para el mundo de la cultura hispánica
la operatividad del concepto "generación" en el plano de la ciencia histórica y, por extensión, en el de la
historiografía literaria. En
el curso que Ortega dictó sobre esta materia en 1933, precisaba en
su tercera lección que:
El
conjunto de los que son coetáneos en un círculo de actual
convivencia, es una generación.
El concepto de generación no implica, pues, primariamente más
que estas dos notas: tener
la misma edad y tener algún contacto vital. . .
Comunidad de fecha y comunidad espacial son, repito, los
atributos primarios de una generación.
Juntos significan la comunidad de destino esencial.[5]
Dos
años después, Pedro Salinas afirmaba en una conferencia en el PEN
Club de Madrid:
Examinemos
las condiciones necesarias . . . para que pueda darse como existente
una generación literaria . . . primero, naturalmente, la
coincidencia en nacimiento en el mismo año o en años muy poco
distantes . . . el valor en la proximidad en los años que nacieron
consiste en que coloca a los individuos a la misma distancia y en el
mismo grado, poco más o menos, de receptividad de los
acontecimientos vitales . . . A todos los individuos nacidos en el mismo año un gran hecho
exterior les ocurre a la misma edad.
De modo que el artista, más que estar predestinado conforme
a la teoría astrológica por su simple nacer, lo está por la
situación en que lo coloca su nacer.[6]
En
América Latina, fueron los críticos literarios de Chile y Cuba
quienes más rápidamente adoptaron el criterio generacional y
trataron de implementarlo en la periodización y las historiografías
de sus respectivas literaturas.[7]
En
México, bien informados como estaban acerca de todo lo que ocurría
en las letras de occidente, no cabe duda que quienes impusieron
estos conceptos y terminologías por primera vez fueron los
Contemporáneos, a quienes nuestra historiografía literaria
recuerda como la "Generación de Contemporáneos” y que, para
corroborarlo, dieron a luz una antología “generacional” en
1928, engañosamente atribuida a Jorge Cuesta.
El
término se prestó muy pronto, seguramente las más de las
ocasiones, por ignorancia, a terribles y hasta a cómicas
confusiones. Una de
ellas tiene que ver, parcialmente, con el período que nos ocupa.
Durante
cierto tiempo, se aplicó a los autores nacidos en los años veinte
la denominación de "Generación
de los Cincuenta" o
“Generación del Medio Siglo”, por haber comenzado a
publicar en la década de los cincuenta.
Mucho más tarde, el término se desplazaría para nombrar a
los nacidos en dicho decenio. No
son pocos los ejemplos que así lo establecen, de ahí el hábito de
agrupar a los escritores por décadas, como si éstas fueran sinónimo
absoluto de generación. La
comodidad ha seguido reuniendo a los nacidos en determinada década
o a quienes publicaron su obra entre
tales o cuales años, repartiendo elementos afines a poetas
"generacionales" que poco tienen en común excepto, la
insistencia ajena –léase de la crítica– en fijar cronogramas y
delimitar parcelamientos.
Permítaseme
volver a las conocidas ideas del gran maestro alemán Julius
Petersen quien, con mesura, reflexionó también sobre la
“imprecisión” del concepto que él mismo ayudó a difundir:
“el empleo corriente de la palabra [generación] se ha
hecho tan equívoco, gracias a sus múltiples versiones, que es
menester examinar y delimitar la amplitud de su contenido. . .”[8]
La cosa no es tan fácil como pretende el ‘generacionista’ español
José Ortega y Gasset, que da por existente la diversidad de los
antagonistas entre los compañeros de época y cree poder descubrir
sin dificultad la comunidad de actitud tras las más violentas
oposiciones. Existen
‘compañeros de edad’ que, sin conocer su fecha de nacimiento,
no asignaríamos a una misma generación teniendo en cuenta su acción
histórica.[9]
En
España, pasado el éxito de aplicación del concepto a las
generaciones del 98 y del 27 —nótese que se trata, en el primer
caso, de una fecha traumática en la historia española y, en el
segundo, la reunión de un grupo muy heterogéneo de seguidores y
alumnos de Pedro Salinas para homenajear a don Luis de Góngora—
el criterio ha caído en desuso.
Ya los intentos de aplicabilidad a la "Generación del
36" parecen, retrospectivamente, haber carecido del éxito de
las dos anteriores. En
todo caso, nada que tuviera que ver con rasgos comunes fuera de la
cronología parece sobrevivir hoy en aquellos criterios
generacionales de la historiografía literaria española.
De
manera complementaria, en la vertiente mexicana, agrego la reacción
de uno de los poetas incluidos en nuestro panorama quien razonó así
ante la pregunta generacional:
—Para
aclarármelo a mí mismo, comienzo con otras preguntas. ¿Qué es
una generación en poesía? ¿Los poetas que tienen más o menos la
misma edad? ¿Los que comparten una década? ¿Los que se agrupan
deliberadamente alrededor de una doctrina literaria o de una revista?
¿Acaso los reunidos de manera fortuita según los criterios de un
antologador?[10]
A
pesar de la indeterminación y dudosa efectividad del criterio
generacional, la agrupación de escritores bajo este rubro ha
seguido en México una inexplicada pero constante periodización por
décadas que se ha aplicado, con mayor frecuencia y especificidad, a
los poetas. Aunque ni
científica ni acertada —y hasta innecesaria si se considera que
la crítica se interesa actualmente menos en los autores que en los
textos o los lectores—, la creciente falta de funcionalidad de
dicha teoría no parece haber disminuido su uso.
Las
Antologías
Una
antología suele ser a la poesía lo que un catálogo a la pintura: señala apenas un probable itinerario —casi siempre
predeterminado por razones extraliterarias— para saber dónde
hallar qué. El riesgo,
claro, es no llegar jamás a lo sustantivo.
En
México han aparecido antologías reunidas a partir de los más disímiles
criterios, casi todas ellas bajo criterios extrapoéticos.
Las hay generales, regionales, temáticas, de género y, por
supuesto, las que nos incumben, generacionales.
El
mundo literario —tanto académico como creativo— ha mantenido
una asombrosa ambivalencia ante estas compilaciones, a las que ha
considerado por momentos "un instrumento particularmente útil
del quehacer crítico" cuyos ordenamientos y jerarquías
permitirían formular hipótesis acerca de la evolución poética,
suministrando lo que algunos consideran datos esenciales amén de
divulgar poemas representativos.
"Censos",
"registros", "directorios", "obras de arte
efímero", "asambleas convocadas para una sola vez",
"instrumentos de trabajo", "testimonio que una
generación hace de otra", o de lo que se trate o denomine, según
la taxonomía de otros.[11]
La mayoría de esas dudosas formas de acreditación literaria
que han sido la mayor parte de las antologías de poesía mexicana a
lo largo del siglo XX parecen, en muchos casos, no haber pasado de
vulgares ejercicios de promoción grupal o, peor aún, de ser "antilogías"
por cuanto sugieren, las más de las veces, haberse elaborado
"en contra de" antes que para "mostrar" o "revelar
a". En ocasiones,
y con la misma sorna, la jerga literaria ha llegado a acuñar
vocablos más peyorativos como el de "antojologías" —es
decir, seleccionar "lo que se me antoja"— que junto con
las "antilogías" se integran a esta categorización de
trabajos caóticos, carentes, casi en su mayoría, de todo método o
criterio congruente.
Pudiera
llegar a creerse que esta falta de consistencia resulte privativa
del panorama poético mexicano.
Pero no. En los
años sesenta, al referirse a una antología publicada en Francia en
1928, el mismo año que la aparición de la "generacional"
mexicana falsamente atribuida a Jorge Cuesta, el sociólogo y crítico
Georges Mounin advertía similares problemas —así como la clara
intromisión de criterios extraliterarios al igual que lo sucedido
en México—, en el ámbito poético de su país.
Veamos unos botones de muestra:
[...]
vuelvo a abrir la famosa Antología
Kra (1928) donde se daba el santo y seña de la nueva poesía
francesa posterior a la primera guerra mundial, hace treinta y cinco
años, y en la cual leí a Apollinaire, Aloysius Bertrand, Lautréamont,
Jarry, Max Jacob y Tzara. Pero
hasta en esta antología hay muchos nombre incluidos sólo porque
estaban de moda. Decir
que, en 1928, la poesía en verso de Jean Giraudoux equivalía a la
de Apollinaire porque Giraudoux era ya ese novelista-diplomático
lleno de porvenir y de relaciones; suponer que Marcel Proust, autor
de versos verlenianos muy serios, está considerado en esta antología
revolucionaria como capaz
de aparearse con Lautréamont; afirmar que Paul Morand está a la
altura de Gerardo de Nerval, y que el Radiguet poeta merece más
atención que el poeta Supervielle; o que François Mauriac,
versificador, está al lado de Mallarmé . . . ¿no parece hoy
aventurado? Sin olvidar
que en dicha antología, que contiene sesenta nombres, hay muchos
incluidos sólo porque contaban con sólidas amistades editoriales,
periodísticas, mundanas, y producían ilusoria impresión de
solidez intelectual. Sin
agregar, además, a los que no pasaban de menudos agitadores del
mundo poético.[12]
¿Suena
conocido? ¿Alguna
posible analogía con el medio mexicano de los años que atendemos?
Podríamos
afinar aún más el contrapunto con la historiografía literaria
mexicana, si prestamos atención a la exageración aritmética que
ello conlleva. Veamos
qué dice Gabriel Zaid al respecto: "[…] cualquier década
con más de seis poetas es sospechosa; ninguna década debe quedar
con más de diez o doce poetas”.[13]
Faltaría estar de acuerdo con estos límites difícilmente
aceptables.
Donde
más evidente resulta la inexactitud del criterio grupal o
generacional es precisamente en las antologías poéticas.
Quizá sirvan para reforzar esta afirmación los siguientes
hitos: en México la
organización de grupos poéticos —sobre todo, los emergentes—
en base a criterios generacionales parece haber comenzado con la
compilación que preparó en su momento Agustín Loera y Chávez,
bajo el título de La joven
literatura mexicana, y que publicó
México Moderno entre los años de 1920 y 1921; para continuar
luego con un impreciso criterio por décadas o veintenas en
compilaciones como las de Jorge González de León, Poetas
de una generación: 1940-1949, editada en
México por la Dirección General de Difusión Cultural de la
UNAM en 1981; o la de Evodio Escalante, Poetas
de una generación. 1950-1970, coeditada en la Ciudad de México
por la UNAM y Premiá en 1988; o la mucho más reciente de Mario
Luis Fuentes, La dimensión en el tiempo. Antología. Autores nacidos en los años
1920 a 1930, publicada en Monterrey
por Ediciones Castillo en 1998 —nótese por otra parte la
incorrección aritmético-temporal en algunos casos, que agrega un año
a la década y hasta dos a la veintena.
Por
momentos la imprecisión o indeterminación cronológica se vuelve
tan arbitraria que la generación adopta los lapsos temporales más
increíbles así, atisbemos los tiempos asignados en las antologías
de Asunción Horno Delgado, Diversa
de ti misma: poetas de México al habla, que abarca el período
"generacional" de 1943 a 1956,
—catorce años, uno más que el de la "generación bíblica"—
o, la de Eduardo Langagne, Con
sus propias palabras. Antología
de poetas mexicanos nacidos entre 1950 y 1955, que cubre escasos
seis años.
Y
a pesar de sus insuficiencias y parcialidades beligerantes, del poco
respeto intelectual que han merecido, las antologías han
constituido otro de los instrumentos más utilizados para este tipo
de exploraciones críticas.[14]
Durante
los últimos años de la producción editorial en México, han
aparecido instrumentos distintos de las antologías que, equívocamente,
parecerían provenir de criterios similares.
Nos referimos a la nueva modalidad editorial de los libros
colectivos, sin embargo, sus orígenes y finalidades son muy
diferentes. Se trata de un método
barato —que inició la Universidad Nacional— para dar a conocer
ganadores y finalistas de concursos literarios con cuentos y relatos
o cuadernillos de poemas muy exiguos, que permitían cumplir con lo
prometido en las convocatorias:
la publicación de los trabajos premiados o destacados.
Poco a poco, esta tendencia del libro colectivo no antológico
ha seguido desarrollándose en el panorama editorial mexicano y ha
contribuido, en cierta manera, a la pervivencia de los conjuntos
"generacionales".
Las
Revistas Literarias
Otro
elemento ineludible para una indagación de esta naturaleza es el de
las revistas literarias. Hojas
volantes, folletines, gacetas y periódicos han desempeñado en la
vida poética y cultural del México colonial, posteriormente
durante la joven independencia, y aún a todo lo largo del siglo XIX,
un papel, a la vez, de difusión y de proclama estética.[15]
Pero
fue hacia el último cuarto del siglo XIX que aparecieron las
revistas literarias propiamente dichas, de donde podemos afirmar,
entonces, que éstas constituyen, sin duda, un fenómeno de la
literatura moderna.
Durante
el transcurso del siglo XX, las revistas han adoptado, casi siempre,
una actitud crítica respecto de la tradición literaria precedente.
Desde
que, en la segunda década del siglo XX, el tabasqueño Félix
Fulgencio Palavicini[16]
recibió de diversas instancias revolucionarias los fondos y las
instrucciones para repartirlos entre jóvenes literatos y artistas
de la posrevolución —muchos de ellos adolescentes aún—, la
mayor parte de ese dinero se destinó a promover la fundación de
revistas culturales y literarias que habrían de signar todo un
estilo de irrupción y permanencia en la escena literaria, los
grupos de escritores —fundamentalmente poetas— que se nuclearon
en torno a las mismas dieron origen a otra tradición de seguimiento
crítico de la poesía en México: la denominación de los grupos
constituidos en torno a o identificados con determinadas revistas
literarias. De esta
manera el modernismo reunió a grupos en torno a la Revista Moderna o Savia
Moderna, las tempranas vanguardias son recordadas por Contemporáneos o Tierra Nueva
y así sucesiva pero no interminablemente.
En
épocas más recientes, las revistas han sido producto más que de
grupos, de ocasiones favorecidas por instancias y patrocinios
institucionales, y no siempre el resultado de iniciativas
provenientes del ámbito poético.
Aún cuando han constituido, en muchos casos, propuestas
creativas y modos específicos de ver el fenómeno poético
alrededor de consideraciones generalmente definidas, la multiplicación
de la oferta cultural en México ha sido tal, que aún cuando
algunos grupos nacieron a la vida literaria en torno a una revista
con alguna proclama estética determinada, en poco tiempo, al
extinguirse la casi siempre efímera existencia de su plataforma
original de lanzamiento, los poetas comenzaron a diversificar su
participación en muchas otras hasta quedar, prácticamente,
desligados de las propuestas estéticas primigenias.
La
producción escrita de los poetas que aquí revisamos se disemina
entre numerosísimas revistas y, por ello, resulta muy difícil
asociar grupos específicos con directrices estéticas claras y
determinadas.[17]
Por
ende, este espacio de convergencia transgeneracional, ha devenido en
ocasiones territorio coincidente para el asentamiento de los colonos
más disímiles.
En
no pocas ocasiones, las revistas literarias habían devenido
ampliaciones de la cultura vanguardista del manifiesto y la proclama. Por lo general hoy confluyen —o divergen en ellas—
numerosas tradiciones, propuestas creativas y críticas, y resultan,
estudiadas en conjuntos taxonómicamente significativos, un medio útil
para difundir —y por ende sistematizar— las características más
visibles de la producción literaria de un momento determinado.
Finalmente,
después de cuestionar el método generacional, la improbable
continuidad de los programas estéticos de muchas revistas
literarias así como la vastedad insondable de su efímero universo
y, sobre todo, de haber puesto en entredicho la representatividad de
la mayor parte de las antologías como instrumento de posible
valoración crítica, terminemos por recalar, eclécticamente, en el
vasto grupo de poetas que aquí interesan.
La
atmósfera poética de esos años
Al
comenzar su actividad, durante las décadas que aquí nos ocupan,
los poetas emergentes se encontraron rodeados por las tres
corrientes que prevalecían a lo largo y ancho del continente, cuyos
modelos y referentes eran: la poesía conversacional, la neobarroca y la confesional.
Antes
de incorporarse a alguna tendencia y aún más, antes de rechazarla,
tanto los sesgos ideológicos como estéticos imperantes podían
inclinar la balanza hacia una u otra corriente.
La vocación latinoamericana así como el compromiso artístico
que había pregonado Jean-Paul Sartre desde la posguerra estaban
omnipresentes en la mesa de trabajo de cualquier escritor de la época.
Quienes
buscaban un lenguaje llano y minimalista, desprovisto de metáforas,
que comulgara con el objeto de ampliar los círculos de lectores de
poesía, así como aquellos que coincidían con las principales líneas
estéticas e ideológicas emanadas de la Casa de las Américas, se
acercaron mucho a los postulados de la poesía conversacional, otros
practicaron desde el coloquialismo más simple hasta distintos tipos
de dicción poética que partían del habla cotidiana.
Por cierto, en México, habría que sumar a las influencias,
a aquellos poetas, como Efraín Huerta y a los nacidos a lo largo de
los años veinte, que
aceptaron y practicaron procedimientos metonímicos y buscaron
ciertas convergencias estilísticas que se interrelacionaban con la
parábola, favoreciendo una referencialidad directa.
Los
que no se sintieron atraídos por los programas de la claridad, para
lograr un mayor acercamiento a los lectores de las clases populares,
optaron por orientar el discurso poético hacia inclinaciones
neobarrocas llegadas a México desde dos vertientes distintas:
una, proveniente del Río de la Plata, el "neobarroso"
según la definición de Néstor Perlongher, en la que algunos
poetas argentinos y uruguayos, influidos por la poesía brasileña
del momento, navegaron en aguas del exilio hasta arribar a las
costas literarias mexicanas. La otra, originada en Cuba, impactó
con su proliferación verbal y sus juegos sonoros a no pocas
propuestas poéticas, sobre todo, a lo largo de los años ochenta.[18]
Mientras que la vertiente del Río de la Plata era casi
netamente poética, la de Cuba era mayoritariamente prosística.
Para
quienes preferían los temas personales, íntimos, el hablante poético
en primera persona —en muy pocas ocasiones dialogal y en segunda
persona—, importado de la poesía norteamericana, fue incorporado
de modo evidente en el tratamiento de los temas amorosos y
circunvecinos de la corriente confesional.[19]
Otro
de los fenómenos más interesantes a lo largo de este lapso fue el
de la llamada "transcreación", los propios poetas
realizaron una abundante labor de traducción de lenguas menos
usuales —como alemán, búlgaro, coreano, griego, italiano,
portugués, ruso—, que junto al francés y al inglés han permeado
al medio poético nacional con otras tradiciones y corrientes.
Sería sumamente interesante —aunque escapa totalmente de
los objetivos del presente trabajo— contrastar los alcances y
logros de los poetas en su obra creativa con sus calidades de
traducción.
La
similitud de lo disimilar
Hacia
los años finales de actividad del formalismo ruso, Víctor Borísovich
Shklovski acuñó la definición de la "similitud de lo
disimilar".
Nada
más adecuado que esta expresión para denominar a estas "generaciones
sin generación" —valga el viejo rótulo aplicado a los
Contemporáneos—, cuya heterogeneidad parece ser su signo, y lo único
que podría agruparlos, muy parcialmente, son, al parecer, algunas
antologías que adjunto al final del presente trabajo.
El
universo literario al que aquí me refiero incluye, entre los poetas
vinculados con esta promoción —que abarca prácticamente dos
decenios— a más de cien,[20]
con presencia regional o nacional sostenida a lo largo del período,[21]
a partir de los cuales intentaremos aislar algunos rasgos estilísticos
y temáticos comunes.
La
mayoría ha trabajado e incidido en el panorama poético de manera
individual. No han
lanzado manifiestos ni proyectos de grupo, tampoco proclamas estéticas
ni etiquetas o banderas de corte político o social como muchos de
los grupos de poetas precedentes.
Se
trata de un universo caracterizado por su dispersión geográfica y
de intereses culturales, su variedad de estilos, su pluralidad ideológica
y estética, sus temáticas y estilísticas caleidoscópicas que
abarcan desde la poesía urbana a la mística y de las letras de
rock al radicalismo experimental más exacerbado.
Es
ésta la promoción poética —y por extensión literaria porque,
el fenómeno al que nos referimos, tiene proyección también en la
prosa—, que acabó con el discurso nacionalista y las variantes
reivindicativas provenientes de la Revolución Mexicana.
No plantean un compromiso político quizá porque ya no creen
que la poesía pueda o deba cambiar la sociedad y, además, lo
consideran irrelevante. En
cambio, meditan muchísimo en torno al lenguaje y se inclinan, cada
vez más, por escribir textos autoreferenciales cuyos sujetos son,
por igual, el poeta y la poesía.
Hay
un notable regreso de los poemas extensos que casi no se daban desde
el grupo de los Contemporáneos. Poemas de largo aliento de temáticas
muy divergentes, donde la apropiación del lenguaje y la pirotecnia
verbal demuestran un espíritu experimental envidiable.
Tales casos los de Incurable
de David Huerta y Origami para
un día de lluvia de Manuel Ulacia.
Desarrollan
así tensiones en el lenguaje que buscan situar al lector en varios
y diversos puntos del plano poético.
Rupturas o distorsiones semánticas y sintácticas
contrastantes e inhabituales, manejo irónico del lenguaje,
discursos plurales y polisémicos que no pueden dejar de advertirse.
Sus
influencias y referentes son vastísimos.
Sin embargo, la mayoría de los autores parece haber
abandonado todo rigor formal. Más
aún, desde mediados de los años setenta muchos revelan cierto desdén
por las estructuras poéticas tradicionales, la rima, los tropos y
hasta el ritmo.
Ya
no se teme a lo sencillo, quizá porque aquella desenfrenada carrera
buscando la originalidad y la innovación constantes, desencadenada
por las vanguardias, ha dejado de ser una meta.
Es
de señalar una mayor presencia de mujeres, con una poesía erótica
sorprendente, desenfadada y de excelente factura, así como un
notable incremento de poetas nacidos y residentes en la provincia,
elementos adicionales y desusados, que no pueden dejar de notarse y
anotarse.
"Generación
de soledades" le han llamado algunos, no sin razón, a estos
poetas que trabajan en un mayor aislamiento difícilmente
unificables excepto por estrategias grupales y antológicas
elaboradas por ellos mismos con finalidades extraliterarias.
En
suma, los poetas mexicanos de los años setenta y ochenta conforman
un ámbito poético muy diverso, difícilmente unificable, que
recibe e incorpora influencias distantes y divergentes.
Algunas
conclusiones provisionales
En
la última treintena del siglo XX parece haberse dado una aparente y
considerable proliferación de poetas en México no, como pudiera
inferirse, por una multiplicación del talento en la materia sino,
por la propagación de esta actividad debida a una etapa singular de
la promoción cultural patrocinada por el Estado, en la que ha
habido, prácticamente sin interrupción, talleres literarios,
actividades de difusión, abundantes —y a veces hasta ridículamente
excesivas— ediciones de libros y revistas, encuentros nacionales e
internacionales de poetas y constantes apoyos financieros para la
creación artística. A
veces se ha dado impulso "generacional" oficial a los
autores, como en el caso de la colección "Los Cincuenta"
promovida directamente por el Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes.
Desde
una perspectiva crítica responsable, se vuelve imperativo abandonar
algunos conceptos anteriores. No podemos crear taxonomías, o
aferrarnos a viejos criterios que han perdido hoy su operatividad,
por necesidades de manejo de grandes cantidades de información
reuniendo lo no unificable por la sola virtud de rotular panoramas
críticos cuando los criterios grupales parecen no cumplir ya con
sus cometidos.
Nuevos
acercamientos, una vez eliminados los lugares comunes e inoperantes
que heredamos de la crítica literaria precedente, nos posibilitarán
afinar mejor futuras aproximaciones.
Algunas
antologías que reflejan el período
Acosta,
Juvenal. Light
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