Revista de Litertura Mexicana ContemporaneaUTEP Home PageAbout UTEP UTEP AcademicsUTEP AdmissionsUTEP AlumniUTEP AthleticsUTEP Campus LifeGiving to UTEPUTEP News and EventsResearch At UTEP
 

 

Revista de Literatura Mexicana Contemporánea

Verónica Saunero Ward

New Mexico Highlands University 

 

 La metonimia del deseo en “Love Story” de Elena Poniatowska

El cuento “Love Story” de la colección De noche vienes (1979) de Elena Poniatowska, analiza las relaciones de poder conflictivas y fluctuosas en el complejo binomio de la patrona/ criada. Como Cynthia Steele afirma, la institución del trabajo doméstico ha sido tema de análisis por parte de muchas escritoras latinoamericanas por el papel preponderante que juega dentro de la realidad burguesa o pequeño-burguesa de este continente; ambientes de los cuales proceden la mayoría de ellas ( 298). A pesar de la arbitrariedad implícita que implica el conceptualizar la realidad a partir de estructuras binomias, los resabios de siglos de coloniaje en América Latina, nos llevan a identificar otras polaridades maniqueas dentro de la oposición patrona/criada como ser  yo/ otro; colonizador /colonizado; activo/ pasivo; opresor/oprimido; centro/margen; extranjerismo/nativismo; occidentalismo/orientalismo. El binomio mujer/hombre se encuentra curiosamente ausente, circunstancia que nos enfrenta con una situación en que el agente dominador y el objeto dominado son mujeres. En aquélla se encuentra la contradictoria dualidad de victimaria/víctima. Al pertenecer a la clase acomodada victimiza a todo un sector de mujeres que se encuentra en una situación de gran desventaja en la jerarquía socioeconómica. Como mujer, es víctima de una sistema patriarcal que la supedita al papel de subalterno. Es el propósito de este ensayo el de analizar en “Love Story” el deseo por parte de la protagonista de una identidad femenina/mexicana que, al no poder efectuarse,  desplaza metonímicamente el objeto de su deseo en la persona de la criada indígena. El posesionarse de las propiedades que emanan de su subalterna le otorgaría la autenticidad que ésta conlleva en sí por ser parte integral de lo que se considera mexicano.  Paradójicamente, son estas propiedades las que la definen a ella como lo que la otra no es;  representan las diferencias abismales que han determinado su supuesta superioridad moral.  Poniatowska nos permite interpretar esta paradoja a diferentes niveles: al nivel personal, entre la patrona y la criada;  al público o sociopolítico, la sociedad mexicana y, por extensión a la latinoamericana; y a un nivel más amplio, como una alegoría de las intelectuales feministas que tratan de reconciliar su visión de lo femenino con un contexto histórico-político que permea la realidad de la mujer marginada ‘nativa’.

Hasta hace poco el feminismo y el postcolonialismo eran dos corrientes que parecían confluir en “a path of convergent evolution” (Ashcroft et al., 249). Sin embargo,  el agente crítico o sujeto teórico se originaba en un discurso hegemónico y el objeto, la mujer tercermundista en este caso, no deja de estar bajo la lente del microscopio, ni de perder su calidad de subalterna, aunque ahora el ojo que la escrutiniza sea más benigno. “The figure of the ‘feminist imperialist’—much like that of the ‘third world woman’—fractures the potential unity beween postcolonial and feminist scholarship” (Ghandi 91). Aunque ambas corrientes teóricas sólo puedan correr paralelas y no confluir o confundirse, es posible servirse de ambas para elucidar las relaciones existentes entre un espacio, un contexto histórico y las mujeres que los habitan.

A través de la pluralidad de feminismos que se han dado lugar en Occidente en los últimos 50 años, el género femenino ha recibido la atención que se le fue negada por siglos. Por un momento, la mujer, ahora un término que define sólo una construcción sociopolítica y no al ser individual, se despoja de los diferentes significados que le fueron prescritos y asume el lugar del sujeto que se estudia a sí misma. Sin embargo, el esencialismo femenino en proceso de reivindicación, prontamente es desafiado por otras voces que no se reconocen en las teorías desarrolladas por una élite de mujeres intelectuales que, directa o indirectamente, comparten el papel del opresor. Raza, etnicidad, clase social, preferencia sexual y una larga historia de coloniaje salen a relucir como otros factores imprescindibles en la definición del ser femenino.

Este ser femenino oprimido, se pregunta Gayatri Chakravorty Spivak, ¿tiene voz? Su teoría plantea que  la mujer ‘tercermundista’ como ser subalterno es colonizado por doble partida. Por un lado su existencia es válida sólo en función del género masculino y por otro, carga en las espaldas la opresión del imperialismo colonial. Como tal, es ahistórica y su voz se pierde en la oscuridad (Ashcroft et al. 24-28). Homi Bhabha por su parte, sostiene que el subalterno, en su hibridismo, ha sabido manipular el discurso del opresor transgrediéndolo e inactivando el poder que reclama (29-35). Una tercera posibilidad rechaza el discurso lingüístico que no nazca de la lucha política por el cambio. [i]  De todas maneras, la epistemología del sujeto femenino ‘tercermundista’ se sitúa en un estado constante de aborto puesto que su génesis se informa del contexto del colonizador como en el caso del feminismo occidental, o ella, la colonizada, emplea las armas y la retórica aprendida del opresor para auto-definirse, lo que la circunscribe a un lenguaje predeterminado, aunque al manipularlo, lo subvierta. Lo que sí se devela es que la pluralidad de la identidad femenina del sujeto colonizado confluye con la identidad nacional de una tierra conquistada y reconquistada, cuya mentalidad se formó durante siglos de colonialismo. En América Latina quedan aún sectores femeninos que permanecen en la oscuridad, sus voces no han sido escuchadas lo suficiente dentro del discurso hegemónico.[ii]

Elena Poniatowska es un caso curioso dentro del campo de las letras femeninas latinoamericano. De padre polaco y madre mexicana, nace en París y llega a México después de los ocho años ya con vivencias experimentadas en otra lengua. Confiesa que aprendió el español cuando ya hablaba francés e inglés, y que lo aprendió de las sirvientas: “Aprendí español porque no había necesidad de aprenderlo. Era un poco el idioma de los colonizados, no era un idioma que se necesitaba.” (García Pinto 128). Al asumir el papel de madre substituta (le enseña la lengua de la madre tierra) la figura subalterna de la criada también le transmite las contradicciones, asimetrías y pluralidad de configuraciones que las relaciones de poder causan en una sociedad pluricultural (Lionnet 4). Su ascendencia aristocrática, europeizante, la mantienen al margen del centro de lo que representa lo mexicano (léase metissage[iii]), hecho que le hace sentir como extranjera en su propia tierra. No es sino hasta que se relaciona con Josefina Bórquez, la mujer que reflejará más tarde en la Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío que asume su mexicanidad. Dice:

Mientras ella hablaba surgían en mi mente las imágenes, y todas me producían una gran alegría. Me sentía fuerte de todo lo que no he vivido. Llegaba a mi casa y les decía: “Saben, algo está naciendo en mí, algo nuevo que antes no existía”, pero no contestaban nada. Yo les quería decir. “Tengo cada vez más fuerza, estoy creciendo, ahora sí voy a ser una mujer”. Lo que crecía o a lo mejor estaba allí desde hace años era el ser mexicana: el hacerme mexicana: el sentir que México esta dentro de mí y que era el mismo que el de la Jesusa y que con sólo abrir la rendija saldría Yo ya no era la niña de ocho años que vino en un barco de refugiados “El ‘Marqués de Comillas’, hija de eternos ausentes, de viajeros de trasatlántico, hija de barcos, hija de trenes, sino que México estaba dentro, era un animalote adentro[…]un animal fuerte, lozano, que se engrandecía hasta ocupar todo el lugar. Descubrirlo fue como tener de pronto, una verdad entre las manos, una lámpara [...] y esta lámpara sólida, inmóvil me daba la seguridad de una casa. Mis abuelos, mis tatarabuelos tenían una frase clave: ‘I don’t belong’. Una noche, antes de que viniera el sueño, después de identificarme largamente con la Jesusa y repasar una a una todas sus imágenes, pude decirme en voz baja: “yo sí pertenezco” (Poniatowska 1978: 8).

El lazo que nace entre Josefina Bórquez y Poniatowska permite la cristalización del sentimiento de mexicanidad en la escritora. Ese ser mexicana se puede entender como  el compartimiento de una realidad  metisse o la transculturación de los muchos grupos que coexisten en México. La permealidad de sus márgenes permite que se entremezclen, que fluyan y confluyan entre sí, ejerciendo su influencia. La socióloga Dominique Schnapper explica:

All culture […] far from being a given, is the result of continual negotiation with the external world, negotiation through which, like a horizon, an identity is affirmed which can only be defined as an ongoing creation. Culture can only be conceived of as a condition and consequence of social action and interaction with the larger world society. Through these constant negotiations [...] culture forms a system (in the loose sense of the term); it constitutes a construction or dynamic which must be analyzed in terms of cultural reinterpretations (Lynnet 4).

Las culturas, entonces, como organismos en continuo proceso de desarrollo, se desplazan entre sí, estableciendo entre ellas una relación  simbiótica. No existe, en realidad, fronteras  tácitas e inquebrantables entre ellas, delineaciones que el discurso colonial ha querido registrar en la conciencia de ambos, el colonizado y el colonizador para mantener su posición de poder en la inmovilidad absoluta. Esto no quita que se hayan perpetuado las estructuras políticas y sociales heredadas de la colonia donde la división del pueblo se polariza en opresor y oprimido. Para fines de este ensayo, se definirá el concepto de mexicanidad como un tipo de métissage.

Poniatowska ha afianzado su mexicanidad relatando vivencias desde un espacio ignorado dentro del contexto hegemónico, reivindica a las voces marginadas, al otro u otros designándoles un valor universal. En “Love Story”, Poniatowska nos adentra en un mundo femenino donde las relaciones de poder, como Foucault lo define[iv] se encuentran en constante fluctuación. Teleca, una mujer aparentemente mayor, soltera y aristocrática vive obsesionada con su sirvienta, Lupe, atormentándola y atormentándose hasta que Lupe se va, no sin antes dejar un tremendo excremento en la cama pulcrísima de Teleca. Se ha visto que el enfrentamiento entre clases y razas prepondera en el cuento.[v] Sin embargo, un paso más allá nos lleva a otro nivel de conflicto que se desarrolla en el interior de Teleca y que refleja la ausencia de una identidad femenina y/o mexicana.

Exteriormente, Teleca asume de forma pasiva el papel que su sociedad le asigna, el de la aristócrata mexicana. Pero el no haber participado activamente en la construcción de esta identidad, la escinde de ella  dejándole un vacío. Esta insustancialidad es simbolizada por la ligereza del cuerpo de Teleca, “solía olvidar que tenía cuerpo—era tan leve—“  (Poniatowska: 1999, 121). La falta de una identidad propia la precipita dentro de una soledad existencial. Al nivel del subconsciente ansía identificarse con la mexicanidad que su clase rechaza. El sentirse mexicana le arraigaría a la tierra dándole concreción y autenticidad. Sin embargo, este deseo es inaudito a un nivel consciente; las categorías socio-culturales a las que pertenece se definen como lo que no es mexicanidad. A través de un proceso metonímico, transfiere el objeto de su deseo en la persona de Lupita, como metáfora del país que anhela y repele al mismo tiempo. Ejerce su deseo de posesión sobre ella aprovechando la ventaja de pertenecer a la clase opresora. “Lo malo es que no podía pensar en otra cosa, nada le obsesionaba tanto como su relación con Lupe” (109). Lupe es la espectadora silenciosa que, aunque atrapada en la cárcel que es la mansión (una extensión de la prisión mental de Teleca), a la larga puede huir mientras que Teleca queda en el mismo estado de enajenación al final como al inicio de la historia.

Es irrefutable la explotación de la mujer cuyo etnicidad y cuya situación económica la fuerzan a trabajar como criada sin horas fijas y sueldo mínimo. No sólo es al abuso físico y sexual (potencialmente) al que se somete sino también a la tortura psicológica que implica la continua recordación de su supuesta inferioridad. Judith Rollins comenta que, “What might appear to be the basis for a more humane, less alienating work arrangement allows for a level of psychological exploitation unknown in other occupations. The typical employer extracts more than labor” (156).   Teleca acosa a Lupe sin darle cuartel. Al no poder verbalizar su deseo, recurre al extremo contrario; su actitud raya en el sadismo. Según Paulo Freire, la conciencia opresora tiene la tendencia a inanimar al oprimido porque así se ratifica el anhelo de posesión que se identifica con la tendencia sádica.

El fin del sadismo es convertir un hombre en una cosa, algo animado en algo inanimado, ya que mediante el control completo y absoluto el vivir pierde una cualidad esencial: la libertad (54).

La urgencia de la posesión se expresa en su fijación con Lupe. Busca el contacto de su voz, de su mirada: “Nadie le daba lo que ella buscaba, nadie, sólo Lupe” (117). Lupe representa el desplazamiento del deseo subconsciente en Teleca. Aunque no puede explicarse el porqué de su dependencia, a nivel del subconsciente relaciona a Lupe  con la mexicanidad que no posee. Kaja Silverman en The Subject of Semiotics afirma que

Displacement can only occur between two terms, which are either similar or contiguous. Thus desire is in effect nothing more than a series of  metaphors and metonymies, displacement away from an unconscious point of origin in which one term replaces another which it either resembles or adjoins (115).

Reiteramos, el desplazamiento ocurre puesto que sería inconcebible desear identificarse con aquello que su clase, su etnicidad consideran inferior por su calidad de conquistado.

Si en  la composición de la identidad confluyen muchos factores como género, etnicidad, situación social y económica, preferencias sexuales, entre otros, el sujeto femenino de acuerdo a Teresa de Lauretis, “is not unified or simply divided between positions of masculinity and feminity, but multiply organized across positionalities along several axes and across mutuallly contradictory discourses and practices (Lynnette 5). Las situaciones (posicionalidades) a las que se refiere de Lauretis, en el caso de Teleca han sido predeterminadas por un discurso patriarcal a priori, alienándola en el proceso. Su ser es un conglomerado de categorías definidas por otros. La enajenación que esta situación causa, es exacerbada por su a una clase que no se identifica con su tierra. La herencia de los años del porfiriato, a pesar de la revolución, se mantiene aún vigente en el México del cuento. William H. Beezley en su estudio de los años prerrevolucionarios, indica que, “This high society first scornfully abandoned traditional culture to the rest of the people; then it vigorously attacked these traditions as backward and decadent customs that did not represent a culture at all, only obstacles blocking the progress and development of the Mexican nation” (7).  El elemento cultural era importado desde Europa como otro artículo de consumo.

La presencia del México extranjerizante es evidente en la persona del amigo de Teleca, Arturito, un solterón que vive con su madre, que lee en francés y juega a cartas con miembros del grupo Los Contemporáneos [vi]. Su relación con lo nativo se basa en la reducción de los indígenas a una abstracción; al objeto de estudio de la historia o la antropología relegando al ser de carne y hueso a la invisibilidad. “Arturito se lanzó en una larga disertación sobre la Conquista, según Bernal Díaz del Castillo, tomando como punto de partida los comentarios de Teleca” (117). Cuando Teleca le cuenta sobre el excremento en su cama, 

Arturito le dijo que no era posible, que los indios no eran escatológicos ni vulgares, que tampoco eran procolálicos, que jamás harían algo semejante; no cabía la menor duda, no estaba dentro de sus patrones de conducta, cualquier antropólogo, cualquier estudioso de los rasgos indígenas prodría confirmárselo (121).

La distancia que interpone entre su conciencia y lo nativo facilita su consiguiente cosificación; tierra y  ser humano se funden en uno para convertirse en un mero accidente de la historia. Por el contrario, Teleca defiende lo mexicano. Cuando Arturito se queja de la incongruencia climática, ella le replica, “Es tu país” (118), como un recordatorio que aunque aspire al polo contrario de lo nacional o de lo tradicional, no deja de ser mexicano. Sin embargo, lo que esta mexicanidad significa, no está claro para Teleca. Lupe habita en “la negrura espesa”, su hablar es “lento, oscuro, lodoso” (113), Teleca defiende “lo oscuro” (118). Lupe representa el misterio de lo desconocido que incita su deseo subconsciente. Se hermana con Lupe cuando se trata de defender todo lo relacionado a ella: “Se sentía extrañamente solidaria de Lupe. Podía patearla, pero frente a otros, protegía con pasión cualquier cosa que estuviera ligada al indio; los bosques, el frijol, el maíz, las piedras calientes” (118). Teleca, como la figura colonizadora anhela poseer la “autenticidad” de lo natural, no obstante le niegue toda jerarquía dentro del discurso hegemónico al que pertenece. Si lo hiciera, las diferencias abismales entre las dos mujeres ya no serían conceptualizadas en función de la superioridad de su grupo étnico y social, sino en la del objeto deseado. Sin embargo, valga recalcar que esta posible superioridad está basada en la subjetivización de lo natural como un espacio atemporal sin contexto histórico.  Teleca sigue sin ver al ser de carne y hueso o aquello que rodea a los “bosques, el frijol, el maíz, las piedras calientes”, es decir, la pobreza y la miseria,  productos de su explotación.

 Por lo tanto, si Arturito reduce lo nativo a una abstracción, Teleca lo subjetiviza en su deseo. Ambos acercamientos anulan la realidad de este ser marginado y oprimido. El mal olor a “pies, a sudor y a encierro” que “le toma por asalto” (119) a Teleca cuando, en su desesperación, sube al cuarto de servicio en busca de Lupe, funciona metonímicamente como metáfora de la explotación del dominio colonial. Por unos instantes, Teleca es agredida por las verdaderas circunstancias que rodean la vida de Lupe, la precariedad, la pobreza, el encierro. Pero este “asalto” es momentáneo puesto que la atención de Teleca se vuelve a centrar en su obsesión.

El deseo de Teleca se materializa a dos niveles: uno, al ejercer su poder sobre Lupe, exigiendo completa sumisión de acto y palabra, recordándole con cada recriminación o con cada imperativo su posición de inferior. Este constante bombardeo de invectivas viene acompañado contradictoriamente, por el anhelo de agradar y de entablar una relación armoniosa con Lupe: “No era eso lo que quería decirle, sino mostrarle una expresión serena, la sonrisa le temblaba sobre los labios, a punto de aflorar y abrirse”. Quería “empezar de nuevo, escoger palabras más felices” (110). Estas emociones opuestas a las que expresa, no llegan a ser percibidas por Lupe quien recibe el tratamiento sádico de Teleca en silencio. No es debilidad  que lleva a la figura del subalterno a mantener silencio, es su repulsa a usar el lenguaje del opresor. Su resistencia se informa en un universo oculto a los ojos de la opresora.  Ray Chow nos recuerda  que debemos reconocer “the essential untranslatability from the subaltern discourse to imperialist discourse” (Chow 129).

Lupe subvierte el orden de poder en la relación patrona/criada al resistir en silencio la actitud sádica de Teleca. Descontrola a su opresora quien, al no recibir la sumisión exigida pierde el dominio de si y de la situación, “Teleca sintió que los nervios se le paraban de punta; hubiera podido alzar la mano en su contra [...] india, india, india” (112). La reiteración del epíteto es una manera de conjurar el poder que su posición de colonizadora le confiere, pero que ante Lupe es ineficaz.  Es la víctima de su opresión quien asume control de la situación. La intensidad de la impotencia que invade a Teleca está en directa relación con el papel que su género le determina: el de marginada, alienada de todo centro de poder. El control que ejerce sobre la servidumbre es la única manera a su alcance de asegurarse una posición de influencia sobre otra persona, pero la resistencia silenciosa de Lupe la contrarresta y la neutraliza.

La otra manera en que el deseo de Teleca se manifiesta, es en la posesión del objeto metonímico a través de la mirada o lo que se ha denominado, the coloniser’s gaze:

Colonialism is among other things, the perfect expression of the violence of the gaze, and not only in the metaphorical sense of the term. Colonialism imposes upon the colonized society the everpresence and omnipotence of a gaze to which everything must be transparent.[...] It is the very gaze of colonization that defines, through the exclusion of the other (the colonized), a naturalness (the native) that is first circumscribed by the gaze (Alloula 92, 131).

Es Teleca la que mira y, en este proceso, crea en Lupe la imagen en que se desplaza su deseo. Chow nos reitera que el discurso imperialista solamente puede acceder a la imagen del subalterno, no a su esencia (129). La violencia que ejerce en este acto, convierte al ser colonizado en un objeto inánime. En él se plasman las cualidades que la figura colonizante le asigna; siendo una de ellas el carácter sensual de sus formas: “El pelo negro escurría en la espalda mojada, la cintura, los riñones, las nalgas, un pelo larguísimo y ahora enredado por la lavada, sostenido por una peineta roja, un manojo pesado como crin de caballo” (109). La mirada de Teleca baja paulatinamente de la cabeza de Lupe a lo largo del cuerpo y al posar los ojos en cada parte de su cuerpo los nombra y los posee. Los adjetivos y los sustantivos usados para describir a Lupe, la conectan con el mundo natural al cual ha sido inscrita por la figura colonizante, “mirar sus brazos redondos y macizos, sus brazos, dos manzanos con terminaciones de hojas –qué bonito se arrugaban sus yemas con el remojo— (111).  En el manzano se congregan la solidez (tronco), la expansión (ramas), la fertilidad (fruto),  y, principalmente, el arraigo a la tierra (raíces),  propiedades que están ausentes en la vida de Teleca.

La única vez que Lupe la devuelve la mirada lo hace con “el árbol rojo del rencor en los ojos” (109). El rencor es una presencia que se instala entre las dos mujeres. Sin embargo, Lupe como el objeto colonizado no puede mirar; es una cosa.  Teleca la describe como “una bola de masa sin ojos” (112). El sistema opresivo que la aprisiona, le niega el derecho de crear y crearse, de poseer y poseerse con los ojos porque entonces ambos opresor y oprimido serían iguales. Paradójicamente, el dominio que Teleca ejerce sobre Lupe exterioriza su dependencia  La presencia de Lupe autentifica la suya, la hace posible. Justifica su posición privilegiada. Cuando no la tiene delante, la ansiedad la consume: “Agotada, Teleca se desplomó en la alfombra y puso la cara en sus manos. Sólo entonces sintió sus mejillas mojadas […] Reprimió un sollozo. “¡Lupita!”  (121).

La concretización que representa el cuerpo de Lupita: “su cara pulida como piedra  de río” (110), contrasta con la imprecisión del cuerpo de Teleca: “Teleca solía olvidar que tenía cuerpo –era tan leve--” (121). La identificación de Lupe con la naturaleza hace que su feminidad sea también más concreta, más natural, mientras que Teleca es descrita como insustancial, incompleta; es como un “muchacho atrabancado […] sus piernas largas y delgadas que más que caminar, galopaban; su ausencia de caderas…” (117). La ligereza de un cuerpo en constante movimiento indica, en contraposición a la imagen del árbol, el desarraigo de Teleca. Y es en esta diferencia que radica el poder que la marginada influye sobre la figura opresora, es decir, el de ser lo que la otra anhela poseer, En el caso de Teleca, representa el nexo con la mexicanidad. Recalquemos, sin embargo, las palabras de Malek Alloula a propósito de la mirada colonizadora que circunscribe, por medio del acto mismo de mirar, lo  exótico en el objeto colonizado. Mas, al excluir a la figura del colonizado del proceso de definición, crea una imagen distorsionada del mismo. Teleca busca en Lupe la imagen de la autenticidad mexicana e ignora su humanidad.

La dependencia que la ata a Lupe la lleva a ansiar la reciprocidad de sus sentimientos. “¿Qué pensará Lupe de mí? ¿Me querrá?” (112) “Me extrañará. Seguro que me va a extrañar” (113). La armonía sería una indicación de una posible solidaridad entre las dos mujeres y de la negación de sus diferencias. Si éstas se eliminaran, la jerarquía del poder que posiciona a Teleca en el papel dominante y a Lupe en el de dominado, se desintegraría y Teleca compartiría la marginalidad absoluta con Lupe. A pesar de la intensidad de su deseo, Teleca no está dispuesta a renunciar a la única fuente de autoimportancia  que tiene a su disposición. Para que haya un yo tiene que haber una otra. Esta existe en función del yo, no en función de sí misma.

En la obra dePoniatowska las criadas “are also associated with taboo bodily fluids, blood and excrement, suggesting a dark underside to the primitivism” (Steele 15). El excremento que Lupe deja en su lecho ha sido visto como la venganza de la criada[vii], quien retribuye de esa manera las humillaciones sufridas. Otra posible interpretación sugiere que la materia intima corporal representa para Poniatowska  el lenguaje intraducible del oprimido: órganico y ambiguo. El excremento es una metáfora de la explotación del colonizado. Tal cual la peste que agrede a Teleca al entrar al cuarto de servicio, representa el efecto y la consecuencia de la opresión que ésta y su clase se niegan a ver. Funciona como una cadena de metonomias que lo relacionan con la idea  de que nada es fijo, todo se transforma, como la naturaleza.  Es un “arcoiris” de colores que evocan los cambios estacionales, “verde, café, verdoso, amarillento, cenizo” (121). Su forma, “círculos concéntricos” (121) más la progresión de los colores, sugieren cambio, evolución. Tal parece que Poniatowska está replicando la concepción que Teleca tiene de Lupe. Sin embargo, los adjetivos que abren y cierran la descripción, “aterrador” y “caliente” (121) respectivamente, indican la realización por parte de Teleca del discurso de su víctima: no es un objeto ni  una idea, es un ser vivo “caliente” y la opresión a la que esta sujeta es únicamente un estado temporal.  El subalterno no se somete. Teleca  ahora yace en sus sabanas pulcrisimas y emblasonadas con el verdadero objeto de su deseo.

El título en otro idioma, “Love story”, sugiere la presencia imperialista del opresor, y la historia de amor es la historia de Teleca con su identidad mexicana. Ambos coexisten en ella en continuo conflicto sin una posible reconciliación. Mientras tanto, la soledad existencial que la envuelve, “la angustia oprimiéndole el pecho” (114) es su única verdadera compañera.

 

 

 

Notas


[i] La teoría que Benita Parry propone y que se ofrece como una alternativa a los postulados de Bhabba y de Spivak es la de Frantz Fanon quien en 1961 expone la necesidad de una literatura que emerja de la praxis, usando al comienzo la lengua del opresor para luego independizarse de su sistema de significación (Ashcroft et al. 41-44).  Creo que un ejemplo de esta nueva literatura que Fanon propone, es los textos creados por las comunidades nicaraguenses durante la revolución.

[ii] La boliviana Domitila Barrios de Chungara y la guatemalteca Rigoberta Menchú son dos portavoces de estos sectores.

[iii] Francois Lionnet en su libro Postcolonial representations define métissage “as a dynamic model of relationality. [it] is universal even if, in each specific context, power relations produce widely varying configurations, hierarchies, dissymmetries, and contradictions. [It] is the interconnectedness of different traditions” (4).

[iv] De acuerdo a Foucault el poder “must be understood in the first instance as the multiplicity of force relations immanent in the sphere in which they operate and which constitute their own organization; as the process which, through ceaseless struggles and confrontations, transforms, strengthens, or reverses them; as the support which these force relations find in one another, thus forming a chain or a system, or on the contrary, the disjunctions and contradictions which isolate them from one another; and lastly, as the strategies in which they take effect, whose general design or institutional crystallization is embodied in the state apparatus, in the formulation of the law, in the various social hegemonies (83).

[v] Rosalía Cornejo-Parriego en su artículo: “Racialización colonial y diferencia femenina en “Love story” de Poniatowska y “Cuando las mujeres quiere a los hombres” de Ferré” analiza el cuento de Poniatowska como  el conflicto en una relación desigual a nivel de raza y clase.

[vi] Recordemos que los miembros del grupo Contemporáneos son los herederos del Modernismo en cuanto que reafirman el elemento cosmopolita en la literatura. Buscaban lo nuevo, lo experimental; eran vanguardistas.

[vii] Tanto Steele como Cornejo concuerdan en su propósito vengativo.

 

 

Obras Citadas

Alloula, Malek. The Colonial Harem. Trans. Myrna Godzich and Wlad Godzich.

Minneapolis: UMP 1986.

Beezley, William. Judas at the Jockey Club. Lincoln: Nebraska UP, 1987.

Bhabha, Homi. “Signs Taken for Wonders.” The Post-Colonial Reader. Ed. Bill Ashcroft

et al. 2nd ed. London: Routledge, 1997. 29-35.

Bulbeck, Chilla. Re-Orienting Western Feminisms. Cambridge: Cambridge UP, 1998.

Chow, Rey, “Where Have All the Natives Gone?” Contemporary Postcolonial Theory.

 Ed. Padmini Mongia. London: Arnold, 1996.  122-146.

Cornejo-Parriego, Rosalia. “Racializacion colonial y difencia femenina en “Love story” de Poniatowska y “Cuando las mujeres quieren a los hombres” de Ferre. Afro-Hispanic Review. Vol. 16 No. 2, Fall 1997. 10-18

Donaldson, Laura. Decolonizing Feminisms. Chapel Hill: North Carolina UP, 1992.

Foucault, Michel. The History of Sexuality: An Introduction. New York: Vintage Books,

1990.

Freire, Paulo. La pedagogía del oprimido. 44th ed. México D.F.: Siglo XXI, 1993.

Ghandi, Leela. Postcolonial Theory. New York: Columbia UP, 1998.

Lionnet, Francois. Postcolonial Representations. New York: Cornell UP 1995.

Parry, Benita. “Problems in Current Theories of Colonial Discourse.” The Post-Colonial

Reader. Ed. Bill Ashcroft et al. 2nd ed. London: Routledge, 1997. 36-44.

Poniatowska, Elena. “Hasta no verte Jesus mío.” Vuelta 24 (noviembre de 1978): 5-11.

            De noche vienes. Buenos Aires: Sudamericana,1999.

Silverman, Kaya. The Subject of Semiotics. Oxford: Oxford UP, 1983.

Spivak, Gayatri Chakravorty. “Can The Subaltern Speak?” The Post-Colonial Studies

 Reader. Ed. Bill Ashcroft et al. 2nd ed. London: Routledge, 1997. 24-28.

Steele, Cynthia. “The Other Within: Class and Ethnicity as Difference in Mexican

Women’s Literature.” Cultural and Historical Grounding for Hispanic and Luso-

Brazilian Feminist Literary Criticism. Ed. Hernán Vidal. Minneapolis: I&L, 1986.

   

 

 

 

 

 

 

Nos es grato poner a su consideración la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea. La cuota de suscripción anual en los Estados Unidos (tres números) es de $20.00 para estudiantes, $35.00 para profesores o demás personas y $50 para instituciones. Por favor, si reside en los Estados Unidos,  envíe su cheque a nombre de:

 

Revista de Literatura Mexicana Contemporánea
Department of Languages and Linguistics
The University of Texas at El Paso
El Paso, Texas 79968-0531

 

Teléfono: 747-7030

 

Correo electrónico: rlmc@utep.edu

 

Las colaboraciones también deberán enviarse a nuestra dirección en El Paso. 

 

Para suscripciones en el resto del mundo, favor de enviar cheque certificado o giro postal a:

 

Ediciones y Gráficos Eón, S. A. de C. V.

Av. México Coyoacán No. 421,

Col. General Anaya.

C.P. 03330, México, D. F. 

 

Teléfono:s 56-047761, 56-041204 y 56-047263

Back to List of Authors

 

 

 

Ask Pete | Goldmine | Webmail | Miner Pipeline
Site Index |  UTEP Search Engines |  Feedback
Customer Service Statement | State of Texas | Statewide Search | Privacy Policy | Open Records 
• 500 West University Avenue • El Paso, Texas 79968 • (915) 747-5000 
•Send comments to www@utep.edu Information Technology • March 21, 2002

Introducción RLMC
Colaboraciones
Volúmenes
Suscripciones
Consejo Editorial
Indice por autor
Información
Congreso
Contactar

UTEP
Languages & Linguistics
College of Liberal Arts
500 W.  University Ave.
El Paso, TX 79968-0525
(915) 747-7030   747-6511