Fall 2009

Oscar Godoy Barbosa

Comunicador Social Periodista de la Universidad Externado de Colombia (Bogotá), con estudios de América Latina con énfasis en Literatura Hispanoamericana, en la Universidad Sorbona IV (París). Periodista y profesor de escritura creativa. Publicaciones: Duelo de miradas, novela (2000); Doce relatos eróticos, antología con otros autores (2001); El arreglo, novela (2008). Premios: Ganador Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores, Medellín, 1998, con el relato Mis jueves sin ti; ganador Concurso Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira, 1999, con la obra Duelo de miradas; segundo lugar Concurso Nacional de Cuento Revista Número Bogotá Capital Mundial del Libro, 2008, con el relato Susana y el sol.


Nada que hacer en Stalingrad

por Oscar Godoy Barbosa



Me parece ver una ciudad inmensa, helada y en ruinas, donde quinientos mil combatientes tratan de asesinarse. Una ciudad alumbrada por las balas trazadoras, los incendios y las bombas que arrasan cien kilómetros a la redonda. Un miedo del tamaño de quinientas mil almas, tan grande que  incita a los artilleros a machacar  miles de veces una tierra donde los agujeros se abren y se cierran los unos sobre los otros. Imagino, trato de captar el hedor de las trincheras, donde se mezclan las emanaciones de la pólvora, el excremento y la gangrena. Hedor plagado de chinches asesinos, los únicos seres vivos que no caen con la metralla. Aliento pútrido. Horror del cielo. Me parece ver a los hombres acurrucados, tiritantes. Esos hombres que lo han visto todo y colmaron hace tiempo su sentido del horror, que sólo esperan sobrevivir un poco más, ganar nuevos segundos en la batalla con la muerte. A todo eso le agrego el omnipresente frío, que penetra botas y abrigos, hiela las lágrimas, congela manos y narices. Y le sumo el hambre. Y le añado la parafernalia de máquinas y cañones que se reunieron allí para un capítulo más de aquella guerra olvidada, una que hoy pocos evocan ante el ruido de tantas guerras nuevas.

Mi sombra recién llegada del otro lado del mar sortea un túnel y desemboca en un gran socavón lleno de avisos publicitarios, donde en cualquier momento rugirá el metro. Es noche helada, es diciembre, delante de un aviso azul con letras blancas que me grita Stalingrad. Estación Stalingrad, en el norte parisino, pleno barrio de inmigrantes. El pequeño soldado acurrucado en su trinchera, sin importar si se llama Hans o Vladimir, tirita de miedo y hielo, llora cuando estalla el bombardeo y se aferra con toda su fuerza a algún recuerdo borroso, su hogar o los senos de su novia, para no enloquecer con el estruendo. Hans o Vladimir, no me importa distinguirlo, se sabe capaz de estrangular con indiferencia a otros seres como él, cuando se siente en peligro. Hans o Vladimir mira sus manos enguantadas y mugrientas sin pensar en las familias que lloran por su culpa, porque para estar allí, vivo y tembloroso, han debido ser muchos los caídos bajo sus destrezas. Ese soldado, que lo conoce todo, que lo odia todo, que lo desprecia todo, no imaginó nunca que alguien venido de donde yo vengo pensaría en él toda esta noche, sentado en una estación que lleva el nombre del infierno que le tocó en suerte y lo aplasta.

Stalingrad de mi carta en blanco. Stalingrad de mi negra noche. Cansado de dormir en el metro y de robar en los mercados. Mi sombrero calentano a doce grados bajo cero. Y una cita medio incierta. Y noche en el disneviem, disneviem arrondismón,  cita con José Carlos, si no llega estoy hundido. El pequeño Hans, emboscado entre planchas de concreto, mira el pasadizo estrecho por el cual no puede pasar ninguna sombra. Sabe que si falla su arma, o los reflejos de su dedo encalambrado, si le falla la puntería o, en últimas, el filo del cuchillo, las horas de su futuro no valdrán ni un casquillo abierto. Me parece ver a ese centinela que no puede pegar los ojos, y los ojos que lo buscan desde el lado opuesto. El triste pequeño Hans, a gusto con el calorcito de su nuevo traje blanco, el de ocultarse en la nieve, capturado al enemigo o recién llegado al frente, no alcanza a sospechar al nervioso Vladimir, agazapado en las sombras, encogido por la angustia. A lo lejos, las bombas, un avión descarga su barriga, un edificio se derrumba. El ruido de la batalla es como la música de fondo, los truenos que reconfortan cuando se duerme al abrigo. Pero de vez en cuando una ráfaga cercana les recuerda que se encuentran en la misma  guerra, delante de la misma muerte.

Cita en Stalingrad con un amigo de nombre, su teléfono anotado más por descuido que urgencia. El sobre que le traigo desde la patria puede ser hoy la excusa para salvarme. No había pensado entregárselo, no lo veía necesario, pero cuando el último franco de mi tarde fatigada me miró de frente, no tuve otro número para marcar: toda mi suerte a su nombre.

–Aló.

–Aló, ¿José Carlos?

–Con él habla.

El pequeño Hans no conoce las noches en Stalingrad agobiado por el hambre. Salva las noches con balas y no piensa en escapar. Para él sólo cuentan los segundos arrebatados al eterno y el calor de sus hermanos de trinchera. Y frente a él, al otro lado del pasadizo, el nervioso Vladimir no piensa explicarse el mundo ni las absurdas conjuras que lo llevaron a tenderse allí, en esa noche precisa, a observar la cara de la muerte. Piensa solamente en la orden recibida y en las posibilidades que tiene de continuar respirando. Otro asalto definitivo, otra ofensiva, como tantas que han perdido los millares de Vladimires que han desalojado sin suerte a tantos millares de Hans. Piensa en el mejor parapeto de los próximos diez metros de terreno descubierto, el ladrillo mejor ubicado para avanzar sin que lo alcancen. Ruega que su hermano, su mejor amigo, se lance antes que él y lo libre de caer con el pecho desgarrado, pero sabe que los demás esperan lo mismo de él, como esperan que el pequeño Hans esté dormido y que detrás de su garganta abierta no se encuentren otros Hans con los cañones preparados.

Media hora de retraso. Puede muy bien no venir, al fin y al cabo no soy nadie conocido y por una simple carta no vale la pena molestarse por mí. Además, sólo voy a darle molestias, que me deje quedar un tiempo, que me preste mientras tanto, que si me conecta con algún trabajo negro. Lavo platos, pego afiches, dono sangre, barro pasillos, lo que quiera, hermano. Al darme la carta me dijeron que José Carlos era buena gente y tenía contactos,  pero de pronto su buengentismo tiene tapa y mi descaro la rebotó. ¿Cómo viene un recién llegado a rogarle favores, le pide salir en pleno invierno, lejos de la calefacción y el vino tinto, a estas horas, sólo porque somos paisanos? Se la pinté bien dramática y por eso me dio la cita, pero puede no venir, olvidarlo con molestia y comentarlo con los amigos en el restaurante universitario. Cómodo y calientico, con su gorrita de lana, jugará con la nieve recién caída y recibirá el giro mensual muy correcto con noticias de la casa. Que Marina tuvo un hijo y Martica te manda saludes y que cuando vuelvas nos traes fotos de la nieve porque debe ser un espectáculo maravilloso, ¿cierto?

Me parece ver un pasadizo donde doscientas sombras preparan un asalto y un agujero mal protegido, con un par de ojos vigilantes. Todo preparado para una pequeña escaramuza que no tendrá lugar en ningún libro de historia. Imagino la tensión pensativa del pequeño Hans, escudriñando las sombras sin saber que lo acechan. Y presiento la angustia de Vladimir al comprobar que es el primero y que los ojos de sus camaradas no pierden de vista su espalda.

Nueve de la noche en Stalingrad; ya no pasa tanta gente. Las miradas oscuras de los árabes me sospechan el abrigo grande y los zapatos de verano.  Extrañarán la botella de vino barato, el olor pesado y los desvaríos en francés fatigoso para clasificarme como les enseñaron desde que adoptaron esta ciudad  y le dieron la espalda a sus desiertos. Nueve de la noche y no llega José Carlos. Heme aquí en Stalingrad, el gruñido de mis intestinos mezclado con el ruido de las bombas que me evoca esa palabra.

Como si hubiera estado allá, vil rumiante calentano. Como si viera el pasadizo estrecho donde va a definirse la suerte de tantos hombres, sesenta años atrás y mil kilómetros al este. Como si mis lejanas tierras tropicales no conocieran efusiones parecidas de sangre y odio. Nada tengo que ver con este asiento que ya me muele las nalgas y la cara de José Carlos mimetizada entre rostros de árabes y negros. Nada con esta ciudad, pero mucho con la tierra que me expulsó y no me extraña, esa tierra de lágrimas y de batallas oscuras.  París-escapatoria frente a la amenaza persistente. París-solución de última hora. París-para el quite a la muerte. París que puede ser Nueva York o Boston o Calcuta cuando se ha perdido todo y uno es paria sin moneda. París ciudad subterránea, cruzada de túneles y de bestias azules que interrumpen el sueño a las seis de la mañana, cuando la espalda por fin parece acoplada al duro asiento de madera o mármol. Amaneceres de mi garganta seca en un túnel de aire enrarecido, con la mirada baja del exilio, sin nadie a quien buscar, sin orientación posible en el laberinto de calles y de mapas que no logro descifrar. Para esquivar los uniformes prefiero dormir en estaciones apartadas, en rincones, lejos también de la pulmonía que se le atravesó a mi parche. Mi parche desaparecido. Mi parche de cuatro genios que me acogieron como hermano cuando vieron mi maleta, mi afán de esconderme, y les mostré lo escaso de mi francés y de mi presupuesto. Mi parche de los primeros días en tierra extraña, las instrucciones para circular, las clases gratuitas de francés, el chapuceo del primer oui. Mi parche hoy diseminado en hospitales o refugios temporales, disperso de casa en casa cuando se acabó el empleo del restaurante, de favor en favor, de hueco en hueco, siempre un poco más abajo. Y el recuerdo de esa tierra abierta que no quiso despedirme. Tierra que no es la grieta lunar con el nombre de este túnel. Y este frío y este miedo, y este recuerdo hiriente de otros diciembres en casa, en el calorcito familiar, en los brazos de Claudia. Y José Carlos me dejó metido, nueve y media, hora de pensar en buscar cama en otra parte, sin tanta mirada sospechosa, lejos de Stalingrad y de su ruido de metralla.

Me parece ver una noche de invierno, un pasadizo, un soldado, otro soldado frente a él, y un minuto. Elementos de una anónima refriega en la ciudad en ruinas. Ruido de fondo, la guerra. Reiterativa. Intermitente. Es importante ese ruido: necesito escuchar que martillea los oídos de Hans y Vladimir, los acosa, les recuerda el lugar, la trampa, el callejón sin salida que los obliga a tener una sola reacción ante la muerte: la muerte.

Imagino un minuto. Sesenta segundos antes de la orden definitiva, la señal de ataque. Un minuto que al otro lado del pasadizo se resbala desapercibido como todos los minutos anteriores, se desliza por el rostro pálido hasta el instante en que los ojos saltan, divisan algo, y el lancetazo de alarma pone rígidos los dedos alrededor del gatillo.

Diez de la noche, no espero más. ¿O sí? No tengo ganas de moverme. Siempre pasa cuando tengo una cita importante y el citado se retrasa. Le voy ampliando los plazos, puede más mi curiosidad de lo que tenga que decirme, cede mi orgullo y resulto parado horas sin decidirme a dejar el sitio por temor a que justo cuando me vaya se aparezca el incumplido. Y peor cuando dependo, como ahora, de esa cita. O viene o me vuelvo loco con el ruido de mis tripas. Si tuviera su dirección le caería de sorpresa, le enseñaría lo que es fallarle una cita a un paisano que ha dormido cinco noches en el metro, y me acomodaría en su sala todo el invierno, hasta que reviente de ver invadido y abusado su privilegiado espacio vital. Fuimos cinco, mi parche, ellos expertos y yo novato, nos gustaba llamarnos parche como las pandillas de mis calles, cinco despedidos en masa por un maitre sin paciencia. Aprendimos el arte de quedarnos sin empleo y sin vivienda en tres segundos, por una equivocación en las cuentas. Nada que hacer, ciudadanos de tercera en un país que no es nuestro. Hicimos chistes, íbamos dizque a hacer fogatas y a cantar ritmos latinos. En grupo no se veía tan difícil aguantar hasta febrero. Pero a la tercera noche los perdí, perdí a mi parche, dos en la policía y uno en el hospital, con pulmonía. Jairo, el mesero seductor, debe rodar por ahí, como yo, asustado y sin hogar; no nos hemos encontrado. Once noches, casi doce, lunes, domingo o martes, la maleta confiscada.

No se recapitula nada en sesenta segundos, como en las películas donde el héroe alcanza a ver el rostro de la amada, su niñez y sus juegos en el bosque. Sesenta segundos yertos, de un miedo que ahoga. Hasta se llega a desear que acaben, que suene la orden fatídica y se termine, desaparezca de una vez la angustia de saberse vivo e indemne. No se recuerda, no se piensa en nada, se acaba por concebir una idea fija, un reflejo rabioso, un odio mortal hacia ese hombre que se oculta entre las sombras. Vladimir lo sabe liquidado, frágil, tan acorralado como él, pero lo odia, como odia a los hombres que están al lado  y detrás de Hans, porque en los segundos que vienen pueden callarlo en la muerte. Odia las miradas fijas en su espalda, y al dueño de la voz de mando. Y todo ese odio y todo ese miedo forman una masa sorda con su cuerpo, y apenas percibe la orden se lanza al frente con mayor temeridad de la que nunca habría esperado.

–¡¡Quiubo, loco!!

Voz conocida, cara menos flaca, más limpia, una sonrisa que sólo puede alumbrarse en mi gente. Jairo, el mesero seductor. El otro sobreviviente, justo cuando Vladimir se lanza al espacio cubierto por la ametralladora del pequeño Hans, el otro sobreviviente, palmoteo en la espalda, simpatía en el gesto, en el abrazo, en la voz que me suena hermano, al fin lo encontramos. Mi parche, ahora que no puedo reaccionar y sólo veo la llamarada y la ráfaga y el cuerpo alcanzado por las balas y tiene fiebre este loco, dice Mauro, Mauro, la última vez me miró desde un tropel de policías. El cuerpo de Vladimir se retuerce y pasan otros sobre él o se atrincheran en su espalda para tomar posición y disparar sobre el agujero donde ya no es uno sino quince los chorros de balas que defienden, hermano, lo hemos buscado por todas partes, no quedaban sino dos hospitales por visitar, pero déjenme ver el  tiro en la frente que recibió Hans un instante después de comenzar a disparar, me montan en el siguiente metro y vamos saliendo de Stalingrad, loco, tenemos trabajo y un cuarto barato con calefacción y colchones, hace dos días le seguimos la pista pero se nos perdió, hermano, dónde se metió, se murieron, se murieron los dos, quiénes, loco, par de pequeñas historias en un terremoto sideral, este man está enfermo, vestigios de una gran esquizofrenia, imagino dos hombres entre millones, un instante sin trascendencia, dos fantasmas que me alcanzaron entre quejidos de hambruna y un incumplido hijo de puta, quién, loco, el pequeño Hans y el nervioso Vladimir, la policía nos soltó al día siguiente, sin problemas, hermano, ya casi conseguimos lo de la caución y el primer arriendo, hay gente que sabe de usted y está ayudando, salvado, salvado a tiempo, un pedazo de milhoja forma risas en mi boca, amigos, dos hombros me sostienen en el aire, un gruñido de placer entre mis tripas torturadas, llegamos a Gare du Nord, mucha suerte, loco, encontrarnos de esa forma. Imagino esta noche en Stalingrad y las caras de dos hombres muertos hace más de sesenta años, tan lejanos, tan absurdos, ya comienza otra batalla...