por José Delgado Costa
—Margaro vente, que nos fuimos.
—¿A ónde carallos, chino?
—Imbécil. ¿Acaso no te acabas de enterar? Es la segunda vez que te lo digo. En la madrugada chingaron a Bertolita. Macho y cornudo, Gonzalo jervejea de celos. Por eso vamos pa’ llá.
Y pa’ llá nos fuimos. Poco sorprendía que aquella noticia fallara en animarle el instinto al lerdo de Margaro, a no ser que alguien le aclarara la situación, como yo acababa de hacer.
El dato, por el contrario, no tardó en ofender a Gonzalo, a Pateco Carrión, a El tigre y a Pedrito quienes, excitados e indignados, ya habían comenzado a congregarse en la plazoleta San Felipe la que, por apenas un pelo, se adelanta a la del Corregimiento como la más cercana a la Plaza Mayor.
Debo decir que a las seis de la mañana en este pueblo llamado Arecibo sólo se oyen las dos o tres mangueras de siempre. Después, durante el día, la antigua villa se alela entre la brisa y el calor. No falla que, cuando pica el sol, el estropeado pueblo se humilla ante su raquítico comercio. Entonces es nuestro. Lo único que hay que procurar es no pasar demasiado cerca de la maldita invención esa de la cual tanto abusan los humanos.
Cuando allá llegamos Margaro y yo, la noticia ya había corrido como el fuego. Bertolita estaba en celo. Abrumada por su condición, la pobre se había entregado a la perdición. A nosotros nos tocaba defenderla, salvarla de ella misma. Pero aquello iba más lejos que una mera cuestión de honor. De aquello también colgaba quién podría expandir su radio de acción.
—Umj, a mi me huele que los muy pendangos esos están tumbaos patas arriba en alguna sombra, riéndose de la gracia, alegó Pedrito, como para excitar el lance.
—El sorpresón que se van a llevar. Ya verán, apuntó con tono airado, Pateco Carrión.
—La sorpresa que les espera, repitió, perezoso y actor,
Margaro.
Éramos seis aquella mañana a las seis. Seis famélicos, pero bravucones hasta los cojones caribeños chuchos. Y pa’ llá íbamos. Seis machos partimos, seis tusas, obsesionados, envenenaos por la afrenta. Alguien iba a salir con el pellejo guindando y cómo de lindo iba a guindar.
Pateco Carrión de inmediato punteó la escuadra. Llevaba las bolas arrugadas de ira. A su izquierda y un tantito rezagado, pero recio, enfilaba Gonzalo. Sobre todo, cumplía con su papel. Vaya que, herido por la insultante cornada, mantenía fiero control de un decoroso segundo lugar, pero sin tampoco exagerar demasiado el papel de jodido como para perder control del pelotón. Lo sabe hacer. El chamaco lo sabe hacer. Por eso es nuestro líder.
En esa viene Margaro y me pregunta—Óyeme, yo sé que vamo pa’llá y que pa’ llá vamo por un asunto de bajo vientre pero, ¿dónde exactamente es allá?Allá era ya casi llegando a San Luis, donde más baja la de Diego, por el redondelito con monumento a los soldados, a dos cuadras del cuartel.
—Yo pa’ llá no voy, objetó Margaro. Su temor no era infundado. El mito es que si pasas por el cuartel nunca sales de allí; que te pierdes, vamos.
—A esto hay que echarle bola, hermano, me limité a responder, y seguimos por la de Diego abajo.
No hacía mucho desde la llegada de Bertolita. Buena que está, tonta no es pero, de beata, nunca ha tenido un pelo. Sabiéndolo, en su momento le propuse el pase, le tiré pa’ fajarme pero, qué va. Sabía yo y sabía ella que conmigo no iba a ser la cosa. Ella rápido se alineó con Gonzalo y, manejando lo nuestro, sin dificultad alguna me usó pa’ crearle celos al jefe. Bien le valió. Él rápido se la embolsicó y a cuenta suya me gané los cardenales que sabía tenía en remojo por meterme a oler donde no debo.
Al tiempo Bertolita vino y se me acercó, como pa’ hacer las pases. Con la mirada se lo dije todo: ‘tá bien, qué le vamos a hacer, ya no me interesas, pero me debes una. Ella lo aceptó. Aquel fue, desde entonces, nuestro pacto.
Por eso ahora me agrada ir a por ella, como diría el españolito ese que de vez en cuando se asoma por aquí. Aunque, la verdad sea dicha, me veo más como refuerzo. Voy pa’ abultar. De la guasa gorda y de sacar los dientes ya se encargarán Gonzalo, Pateco Carrión y Pedrito. Con tres seguro basta. Nosotros somos relleno. A mí, más que cualquier otra cosa, lo que me interesa es ir y ver.
Pero El tigre acaba de percibir un movimiento falso. ¿Qué lo habrá alarmado? Estamos justo por donde la calle se aclara como va coger pa’ la plazuela Ledesma, la cual faldea a la escuela Rooselvelt. No logro captar el por qué del repentino barullo. Huele a lo de siempre, a salitre, a rancio, a masa con mantequilla, a basura, a madera vieja, pero algo no cuaja.
El tigre, buscapleitos como es, se pone competitivo.—No tenemos videocámara, dice. —¿Subo?—le pregunta sin chistar a Gonzalo. Nuestro Alfa asiente.
El tigre toma la izquierda que tiene que tomar seguida de una derecha inmediata. Le perdemos el olfato cuando alcanza la cima de la cuesta.
Nada. Segundos de absoluto silencio. Nada de nada. Ni pa’trás ni pa’lante, la de Diego, como viene ocurriendo, no ofrece nada que ver.
Súbitamente oímos el alboroto de un pugilato y El tigre que llega, revuelto, echando baba. El pernil izquierdo enseña un feo mordisco.
—Nos quieren emboscar en las escalinatas, anuncia a tó pulmón.
Nos crispamos. Margaro me pregunta que si puede regresar. Le digo que se calle, que ni a San Luis vamos a llegar. Leal, Pedrito se le acerca a El tigre y, lleno de rabia le dice, —vamos. Con herida y sin herida dan un brinco y salen volando. Nosotros cuatro hemos de seguir recto a encontrarnos con la expuesta emboscada.
En la plazuela Machiavelo, en donde desemboca la escalinata y, como era de esperarse, no se ve un alma. Bajando por la de Diego como vamos, la flanqueamos por la derecha. Así, el encontronazo se dará de frente. Situados ya, comandando el entorno, Gonzalo me pide que vaya e investigue. —Maldita sea, pienso. Por fortuna Pateco Carrión interviene.
—No, hombre, que chino ni que chino. Mejor voy yo, anuncia. Los demás huelen que estoy conforme. Y derecho a las escalinatas se dirige Pateco Carrión. Va enfilao. Porta porte de puerta. Puerta de aldabas es, de acero parece, masiva y gruesa puerta. Seguro que se los traga a todos.
A Pateco Carrión lo conocí de cachorrón. Cuando llegó de La puntilla ya no lloraba. Hacía tiempo que había dejado de hacerlo. Llegó joven, pero hecho. Pa’ eso estaba la cicatriz justo arribita del ojo derecho, al igual que el chispo que le queda de oreja izquierda. El nene subió de rango meteóricamente en la pandilla. Además, se cuida. Encuentra bueno y frecuente de comer, comparte, no es ningún tonto y, cuando chinga con las más chungas, pone cara seria, cara de realeza pone. Nunca ha sido como Margaro, que se pone chango, se babea todo y parece que está riéndose.
Pateco Carrión sabe que conmigo no tiene que preocuparse. Tenemos una muy buena relación. Yo le cedo mayormente, pero él también me cede de vez en cuando. Es una relación como de cortesía. No se olvida de cuando El chino era El chino. Bastante bien que se ha aprendido mis historias. La suya ha sido una alianza beneficiosa para mí. Por eso hoy no me dormiré en las pajas. Ya verán. De llegar el momento, aplico un buen mordisco, alzo rabo y pelaje, enseño dientes, repelo a par de ellos y mantengo nivel. A mi edad y, con lo que cargo, no se puede pedir más. Por ahí regresa Pateco Carrión todo hecho un roble.
—Me encontré con Cangrejo el tuerto. Estaba esperando en las escalinatas. Dice que no quieren bulla. Que Bertolita llegó pidiendo que la trataran así. Gonzalo ha puesto cara de trueno. No les basta con la afrenta. Además se burlan y lo cucan.
—¿Qué le respondiste?—le inquiere a Pateco Carrión.
—Que esa no es la Bertolita que nosotros conocemos.
—Y, ¿qué te respondió?—ha soltado Margaro.
— Que ahora está nerviosa porque no quiere pelea.
—Maldita sea—ha dicho Gonzalo. —La ramera esa.
Como un rayo, caigo en cuenta. Por no estar ni cegado por los celos ni maniatado a la bobera, de repente me percato que nos han cercado. ¿Qué pasó con nuestra estrategia? Y de repente aquí están, impacientes, listos a hostigar. Y es que estos perros de San Luis son lo más mezquino de la naturaleza. En efecto, ahí está Cangrejo el tuerto. A su lado, cara de caballo Bobby. Si de reojo sigo, olfateo que Yuyo el loco anda entre ellos y, claro, Gandinga no puede faltar. Detrás aparecen El polaco y Pituso, el más chamacón de ellos y, justo a su lado, el peje gordo, Triburcio, el comendador de Ocaña de esta fuenteperruna.
El polaco gruñe un gesto de importancia como para cementar la presencia de Triburcio, quien por cierto hoy no está para habladurías. Sencillamente se presenta primero en fila y espeta…
—Mira, Gonzalo, vamos al grano. Pa’ decir verdad, el bomboncito no estuvo tan bueno. Mucha madera y caramelo, pero poca fruta. Lo mismo que critican los franceses. Pero le di matarile como si estuviera en el desfile de cierre de olimpiadas. Si quieres pelear, peleamos. Pero a mi esa perra no me interesa. Tu dirás.
En eso El tigre y Pedrito vuelan escalinatas abajo y presto se lanzan empujando y soltando mordiscos sin encomendarse a nadie. Los muy idiotas se habían olvidado de su retaguardia.
Pedrito, que siempre le ha tenido manía a El polaco, comenzó con él. Dos patadas y tres picotazos en el saco e’ los huevos han hecho que se postre. El tigre, por su parte, ha agarrado a Bobby por la cadera derecha y no suelta ni porque que digan bistec encebollado. Pateco Carrión acaba de atinar una embestida. Veo la velocidad con que arrolla a Pituso a la vez que se agarra del cuello de Gandinga, quien chilla de dolor.
Lo que iba a ser un cerco es un total desmadre. Margaro, no sé de dónde, sacó valor y se ha abalanzado sobre Pituso. Así flaco como está le lleva sus años y varios cortes, de manera que ya veo al mocetoncito haciendo su retirada. Mientras, Gonzalo y Triburcio se están midiendo. Esperan a que se abra un hueco. Qué a propó. Esperan a que se abra una apertura para abalanzarse.
Yuyo y yo también nos hemos mirado. Intuyo que queremos papeles similares. Quién sabe cómo lo está narrando él. Por eso se me acrecienta la manía que ya le tengo. Al instante pego un brinco. Es una estrategia que siempre utilizo con digamos alguno que otro éxito. Cierro los ojos, me hago una envoltura de furia, prolongo el rabo febrilmente, lanzo par de mordiscones y, todo resulta fantásticamente bien. Sin apenas tocarlo, Yuyo pone carita de perro estropeado. Antes, hace unos años, le habría sometido sus buenos empujones, por algún lado le habría hecho sangrar pero, por hoy, basta.
Eso era lo que pensaba. De momento se me presenta Cangrejo el tuerto. Maldita sea. ¿Ahora que hago con él?
Doy tres pasitos a la izquierda como para medirlo. Arqueo lomo y meto barriga. Me veo babear. Cangrejo el tuerto tiene las mismas ideas. Abulta el pelaje, enciende el ojo, organiza la boca.
Margaro, de momento, le cae encima. Se le trepa como si lo estuviera chingando. Por cositas así como la que acaba de hacer, es que lo toleramos. No me duermo. De prontito Cangrejo el tuerto tiene mis ojos ardientes plantados justo frente al único que le queda. Me veo reflejado en su pupila. Siento alivio cuando denoto que Cangrejo el tuerto va a amainar. Entonces Margaro, bruto, muerde. No percibió la diplomacia que teníamos en frente. Cangrejo el tuerto respinga. Hay que controlarlo. Vuelvo a brincar. Caigo sobre él. Él intenta una mordedura que encuentra aire. La mía toca hueso. Cangrejo el tuerto sale disparado.
Me le voy detrás. Casi llego al portón de la escuela Jefferson cuando recuerdo haber visto a Bertolita, desde las escalinatas, otear los vaivenes de todo el julepe creado por ella. Me detengo. Éste ya no regresa. Al menos hoy, no. Doy marcha atrás. En la plazoleta, en redil, se fajan Gonzalo y Triburcio. Los demás dejan que ellos decidan la cosa.
Detrás de mí, jadeante, huelo el aliento de Margaro.
—Sígueme, le digo. Repechamos la escalinata y, efectivamente, allí se encuentra, poco en discretas, en plena plazuela Ledesma, en la canchita de baloncesto frente a la escuelita para ser exacto, rodeada de Sanzón, de Hércules, de Rodrigo, de Panzón y de Tórtolo, con nota aprobatoria y, aceptando daga, la Bertolita.
—Acabo de pelear por ti, le refiero de inmediato.
—Has turno, me responde.
—Cojones turno, implanto.
Repito operación. Doy tres pasitos a la izquierda como para medirla. Arqueo lomo y meto barriga. Me veo babear. Los cinco chamacos comprenden. Hércules no da bola. Se apea. Abre paso.
—Aquí cobras la que te debía, me dice ella.
—Aceptó, le respondo. Con esto se cumple nuestro pacto.
Denoto en la cara de Margaro un tanto de preocupación. Creo que río.
— Se acercan los socios. Los huelo venir. Acaba chino, vente, que nos fuimos, suelta—.