Camilo Castillo Rojas
(Bogotá, Colombia).  Signo: Acuario. Programa favorito: Los Simpson. Segundo programa favorito: Dragon Ball. Fruta favorita: naranja. Sopa favorita: de patacón. Entremés favorito: arepa colombiana. Segundo entremés favorito: Chocoramo con Ponymalta. Música favorita actual: Lucybell, Nahuatl, Charles Mingus, Ella Fitzgerald, Radiohead, Beth Gibbons, Bunbury, Lucho Bermúdez. Equipo de fútbol: América, el de Colombia, aunque anda de capa caída. Lecturas actuales: Vonnegut, Vargas Llosa, Saer, Revista Hola, Murakami, Condorito, Coetzee, Calvin and Hobbes, Borges. Saludos: a Clari, a mis papás, a mis hermanitas.

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Yendo de la cama hasta el living

Camilo Castillo Rojas

Estefanía se despide. Se queda solo mirando la puerta de la habitación desde la cama. El polvo se adhiere a las paredes, al teclado del computador. Son poco más de las diez cuando deja las cobijas en forma de foca colgando sobre la silla. Se pone las chanclas y repone su rostro con un bostezo. La pijama deshilachada, los pies confundidos con el aroma del día. El frío de la mañana se mete por sus recién despiertas piernas. Toma un sorbo de café. Luego calienta el café. Es una costumbre heredada del padre: primero tomar un sorbo de café frío y después calentar lo que queda en el recipiente. Ve el reloj de pared casi borroso por la grasa de la cocina. 10: 13. Sirve el café. Enciende la luz de la cocina porque no hay suficiente iluminación natural. Él, en un suspiro, se queda mirando el lavaplatos. Qué soledad la de esa piscina inmensa. Tazas y platos grasientos, una charca de cenizas y comida. Estefanía tiene la costumbre de vaciar el cenicero en el lavaplatos. Él puede vivir con eso. El silencio se rompe con el sonido de la grabadora. “Tenemos hoy con nosotros —dice el locutor—­ al famoso crítico… para que nos relate ¿qué es lo que debe tener el crítico en mente cuando se acerca a un texto literario?”. El maestro empieza a relatar su experiencia. Por supuesto, las palabras eran recónditas confusiones del lenguaje que para qué narrar. La emisora universitaria en su hora más intelectual.
Hacía ya un par de meses que andaba sin trabajo. Como corrector no le iba mal. Como escritor no se tenía confianza. Como profesor era un fracaso. A veces, se preguntaba cuál era el fin que había perseguido al graduarse. Profesional en Letras. Letras. Signos deformados por el gusto de alguien. Forma de reconocimiento, lengua, comunicación con la sociedad. O sea, ser parte del mundo que le tocó o joderse. Ojalá eso lo explicaran en la universidad. Un joven con deseos de ser escritor y la crítica que lo aplasta. Y la autocrítica, la peor, se afianza. Por eso no se había dedicado a escribir. Prefirió el rol de corrector para crear su desconfianza en los escritos de otros y no en los propios.
(Silencio)
El famoso maestro habla en la radio de teorías y autores. Pronto serán las once, piensa. Las ollas, lo último. La grasa se pega en las noches. En el frío de la noche la grasa se da el gusto de confinarse, de crear su espacio único, inadmisible, poderoso. Él levanta la esponjilla, la llena de jabón y se lanza contra la olla a presión. Perfecta nominalización de una olla, piensa. La Grasa intenta sostenerse pero el brazo no la deja ocultarse. Una primera vuelta con la esponjilla y La Grasa apenas está golpeada. La segunda es la más determinante. Hay que someterla, desahuciarla. La tercera vuelta es la definitiva. Allí se ultima la vida posible de esos alimentos maltrechos. Fin de la batalla épica entre El Hombre y La Grasa. El sudor corre por su frente. Apaga la radio. Va al cuarto de ropas y toma la toalla.
                                    (Sonido de Sliding door)
Se ha afeitado. La piel se irrita de inmediato. Piel de marrano antes, ahora piel de bebé. Se cepilla los dientes con su tradicional cepillo color rosa. Observa en el espejo manchas de café y cigarro. Hace mucho tiempo que no visita a la odontóloga. Estefanía asiste a la consulta cada seis meses. La última vez que se vieron, la odontóloga preguntó por él. Se lame una muela con la punta de la lengua. Piensa en el consultorio iluminado. Ella, la dentista, hablando con sus dientes mientras el vacío del techo inunda su mente, mientras ella lo ignora por completo, como si el universo de ella se encerrara en la boca de él. El tiempo ha pasado. En la habitación, busca ropa interior. Nada. Saca de la canasta un pantalón arrugado y se lo pone. Medias azules, camisa gris. Sale de la habitación y vuelve a calentar el café. Estefanía ya debe estar en su trabajo, atendiendo al público feroz que visita los bancos. Hay una mancha de yogur en la nevera. Toma el trapo sucio, lo humedece un poco y liquida a la mancha. Toma más café y come pan. Se acerca a la ventana. No se ve gente pasar. Se ven los techos, azoteas y construcciones del barrio. Un hombre enfrente mezcla cemento y arena sobre la terraza de una casa en construcción. Tiene una gorra, bigote, una camisa rosa demacrada y sudadera verde. Enciende el primer cigarrillo mientras ve al obrero dando vueltas al montón, revuelve la mezcla con la pala. El color azul grisáceo se confunde con el amarillo de la arena. Los colores van y vienen de la pala al montón. De la pala al montón. El obrero trae un balde y pone sobre la mezcla un poco de agua. Ha llovido. El piso de la calle se ve humedecido. Los andenes se llenan de una sustancia verdosa que pronto se convertirá en musgo. Un taxi pasa. Dos niños caminan y hablan, se empujan, corren. También él corría junto a su hermano, se empujaban, reían. Recuerda su casa con un gran patio. Siempre hubo un perro: Pinina, Tony, Caifás, Capitán… guardianes de la casa, compañía de la abuela antes y después de la mamá. Su hermano estudió administración. Ya estaba casado, con dos hijas y con una hermosa amante. Estefanía los descubrió en una tarde de cine en un teatro del centro. Al menos tenía una bella amante. La única traición que le había jugado a Estefanía era salirse de la cama de la madrugada y leer en la sala. Había deseado a sus compañeras de trabajo. Se quedaba mirándolas hasta que empezaban a cerrar sus escotes. Se sentía incapaz de serle infiel a Estefanía, falta de autoestima, quizás.
                       
El ruido de un avión interrumpe su mirada

Al menos cada 15 minutos los aviones interrumpen la soledad del pensamiento. Termina de fumar y pone el chicote en el cenicero. La espuma se quema lentamente hasta que aparece el último humito blanco que señala el fin. Enciende la radio otra vez. No quiere escuchar más críticos. Busca una emisora. Presiona el botón y el dial corre a toda velocidad. Se detiene en una emisora tropical
lo que pasó, pasó, entre tú y yo
sonríe al escuchar las palabras del cantante. Empieza a moverse con la canción. Lo intenta. Sus caderas no son flexibles. Salta. Ansía estremecerse. Recuerda los videos de mujeres bailando esa música. Ríe. Toca el techo con las palmas de las manos. Se saca las chanclas y baila descalzo. Sube el volumen de la radio, inventa la letra de la canción. Decide saltar sobre los sillones de la casa. Estefanía no se dará cuenta cuando regrese si están abollonados o no. A Estefanía no le importa mucho la casa o lo que vive en ella. Le interesa el banco, el dinero, los usuarios. Hace tiempo sospecha que tiene una aventura con alguien de la oficina. No ha sido capaz de seguirla. No tiene instinto policiaco. Ni siquiera lee novelas policíacas. Al saltar a otro sillón, alcanza a patear una matera. La tierra rueda por el suelo, la planta casi fallece. Sube más el volumen. No quiere pensar más en Estefanía.

el ruido de un avión

El obrero levanta la mirada hacia la ventana de enfrente. Allí un hombre se agita sobre los muebles de su casa, aúlla y hasta se puede creer que canta. Un cenicero sale volando, una planta acaba aplastada. El hombre se resbala y cae sobre lo que parece ser una mesa de vidrio del centro de la sala. Se intuye porque el vidrio hace un gran estruendo al reventarse. El obrero entierra la pala en el montón de la mezcla azulamarillenta y se acerca hasta el borde de la construcción. Su esposa —una mujer mayor vestida con una camisa blanca de cuello redondo con cuatro botones que comienzan desde el esternón y van hasta el cuello, dos de ellos desabrochados, que tiene flores rojas bordadas en el lado izquierdo en una línea vertical casi desde el hombro hasta la cintura, que lleva una falda vinotinto para que combine con las flores rojas—, sube con un vaso de jugo en la mano y también mira hacia la ventana. El obrero le susurra algo. La esposa baja las escaleras, abre la puerta, sin el vaso de jugo que habrá dejado en el fregadero, cruza la calle y timbra en el segundo piso. Enseguida sale un pequeño perro de la casa del obrero y echa a correr. Llega hasta la esquina, olfatea el poste, echa una mirada a su dueña que timbra enfrente de su casa, da media vuelta y se pierde de vista. La música sigue a todo volumen. La vecina del primer piso, dueña de la casa, abre la puerta. Se dicen algo y se ven sus gestos señalar la ventana de arriba. Golpean con fuerza el portón que conduce al segundo piso. La vecina, una mujer no tan mayor pero que los años le pesan, cabello tinturado, un poco obesa, con blue jean y camiseta con motivos originales, se adentra al patio de la casa y grita desde allí
            ¡Don Jorge! ¡Don Jorge! ¿Qué pasó?
La música responde
                                    lo que pasó, pasó, entre tú y yo
¡Don Jorge!
El obrero baja apresurado. Se escuchan ruidos de cosas que se arrastran. Se ve salir de la casa del obrero la punta de una escalera, el obrero que la sostiene, el final de la escalera. Hay varias escalas que han desaparecido. La pone junto a la ventana de Jorge. Sube rápidamente. La vecina del primer piso sale de la casa y mira al obrero subir. La esposa del obrero sostiene la escalera, lo hace como si fuera una orden implícita, como si él le hiciera un guiño y ella ya supiera su lugar. El obrero con no poca dificultad llega hasta la ventana y alcanza a ver las piernas del pantalón arrugado de Jorge, los cojines de la sala en desorden, un gran reguero de tierra, un pie. Hay un cuadro en la sala. Es un paisaje en el que hay una casa, una montaña y un río. Hay un par de diplomas colgados. Uno dice Letras, el otro Finanzas. Una foto de Jorge y Estefanía abrazados se encuentra caída sobre la tierra. No se puede ver la grabadora pero es como si el sonido fuera una imagen que llena todo, como si la música fuera una niebla que enceguece. Al fondo se ve la cocina con la luz encendida. Pareciera como si esa luz oscureciera el día, como si dentro fuera más tarde que fuera.
El obrero no cabe bien por la ventana. Alcanza a meter la cabeza y parte del torso pero su amplio abdomen no lo deja traspasar del todo. Lo llama a gritos para superar el ruido de la emisora
            ¡Don Jorge! ¿Está bien? ¡Conteste!
La radio anuncia la hora. Son las 12. Una plaga de comerciales comienzan a revolotear por la habitación. El obrero con gran esfuerzo entra. Tuvo que apretar mucho su abdomen para pasar por la pequeña ventana.
                       
                                    Otro avión atraviesa el cielo
Jorge está boca abajo. El obrero se quita la gorra, se acerca a Jorge. Revisa donde pone los pies pues los vidrios abundan por el suelo. Una muñeca de porcelana está rota. Regalo de matrimonio de una tía. Cuando le dijo a su familia que se iba a casar con Estefanía, hubo falsa alegría y falsos besos. Su mamá lloró y le dijo que por favor no se casara, papito, que Estefanía es una mala mujer, ella quiere es que sumercé la embarace para entrar a la familia. Es mi mujer, respondió Jorge y quebró el cariño de la mamá. El cenicero también se estropeó: las colillas se confunden con la tierra, unos puntos naranja en medio de la negrura. Se alcanza a ver un comedor de vidrio intacto. Por suerte no se le ocurrió saltar sobre él. Hay un libro sobre la mesa junto a la sal y la canasta del pan. Dentro de la canasta hay un cd de Charly García. Hay unas revistas de moda desparramadas por el piso y un fuerte olor a cigarrillo. Los vidrios han salido volando por todas partes. El suelo se cubre con una pátina de cristal. El obrero avanza hasta el cuerpo caído de Jorge. Tan solo alcanza a ver su espalda, la camisa gris, también arrugada, está un poco sudorosa. Le habla tratando de conservar la calma. Sus palabras casi se alcanzan a ver flotar desde su boca hasta el oído de Jorge. Dice, en voz muy baja
            Don Jorge…
en un susurro
            (Don Jorgito)
En un bisbiseo
            (Don Bisorge…)
da la vuelta al cuerpo y ve que Jorge está llorando. Jorge tiene una cortada en la mano. Es un rasguño profundo más que un corte considerable. La sangre sobre la baldosa impresiona al obrero pero no lo asusta. Jorge llora, desconsolado. El obrero lo intenta levantar pero Jorge es un hombre pesado para ser tan delgado. El obrero lo levanta un poco y Jorge se abraza a él como un niño. El obrero no sabe qué hacer. El llanto de Jorge lo conmueve. Lo abraza, lo abraza como si fuera un hijo, su hijo —un hijo que ya no está, que se marchó con el tiempo, que no se sabe si está vivo— y escucha unas pocas palabras entre su llanto
            Podemos ser felices…
                       Puedo dejar de fumar… Podemos
                                    tener un hijo…
                                              o un perro…
                                                           o ir a la odontóloga juntos, amor.
Los dos hombres se quedan abrazados, mientras en la radio siguen los comerciales.

Estefanía vuelve a las 5 de la tarde.